Lo Último

15 nov. 2017

Zack y Joseph capítulo 2: Nada dura para siempre

(2006, Texas)

En el 2006 Zack y Ellie ya estaban juntos. Atrás habían quedado sus diferencias que casi acababan definitivamente con su amistad en el primer año y sus dificultades a la hora de entrar en sintonía romántica. Durante el viaje escolar de los graduados (al cual Elizabeth les invitó) confesaron mutuamente sus sentimientos con una hermosa y solitaria playa al atardecer como única testigo. 

Desde entonces, todo fluyó entre ellos como un arrollo calmo que desciende por la montaña. La naturalidad de su relación era tan correcta, tan innegable, que de inmediato los rivales amorosos y los detractores de su relación se disiparon en el viento. Ni Rocko, ni Ana, ni Elizabeth ni nadie se atrevió a ponerse frente a tan inmenso amor.

Siendo el final de sus problemas, bajaron los brazos y se dejaron relajar con el flujo del tiempo. Tras la graduación de Elizabeth, Ellie saltó de novata a capitana de las cheerleaders, y Zack, por su parte, dejó finalmente el equipo junto con sus ovejas asesinas tras ganar el campeonato local para concentrar sus energías en buscar la presidencia estudiantil de Mc Highley.

Eran estos momentos los que Zack más atesoraba: aquellos en que su vida parecía ser una simple y común comedia escolar romántica. Él y su novia compartían su tiempo y espacio en total harmonía, con sus amigos hacía tonterías épicas, divertidas e interesantes, se metían en problemas, Junior decía cosas locas, todos reían, se salían con la suya y al final del día todos se despedían con una sonrisa dibujada en los labios.

Más la vida realmente no es tan simple. No existe algo tan sencillo y banal como una felicidad total, mucho menos cuando hay tantas personas importantes para ti como lo era el caso de Zack.

Eventualmente, algo tenía que estallar; y la explosión ocurrió durante el segundo semestre del segundo año, lejos de casa.

El equipo de animadoras de Mc Highley había ganado el año pasado el campeonato local de cheerleading, con las ovejas asesinas en sus filas (por increíble que parezca) así que las integrantes del plantel estaban muy a gusto con Zack Mosh y sus soldados cerca. Eran considerados miembros honorarios.

Con esos buenos términos, para Ellie no fue difícil aceptar que Zack y su grupo viajaran con el equipo a El Paso, Texas, para apoyarles durante el campeonato estatal. La condición era no causar alboroto, no espiar en los dormitorios de las chicas, y que Ana se quedara con las mujeres en el hotel.

A regañadientes por tan estrictas reglas, las ovejas se montaron en el autobús. Tras la graduación de Mike y Nahomi el grupo de amigos de Zack se sentía un poco solitario: Ana, Junior, y su más reciente recluta: Rocko; pero lo que no tenían en números lo compensaban en actitud… o al menos eso le gustaba pensar a Zack.

― ¿Seguro que está bien que viajemos a otra ciudad en plenos tiempos de campaña? ― Preguntó Ana.

― No te preocupes por eso ― Le respondió él, relajado. ― No hay forma de que me ganen el ñoño de López y la estirada de Higings. Incluso si llegaran a adelantarse en popularidad, usaremos el presupuesto que nos dieron para la campaña en una fiesta y con eso volveremos a la cima.

― De hecho, Junior se gastó todo el presupuesto en queso en lata ― Intervino Rocko, que iba sentado con una animadora facilona. ― Lo sé porque me llamó ayer desde Sam´s Club y me dijo “Rocko, necesito que vengas a recogerme, el easy cheese estaba en oferta y compré 20 cajas con el presupuesto de la campaña, esto de ser el tesorero está de lujo papi”.

― Fui cegado por el poder y la corrupción, lo siento hermano. ― Se disculpó Junior desde su asiento, tenía los labios cubiertos de queso. ― P-pero prometo compartir las dos cajas restantes contigo.

Zack negó con la cabeza, soltando una risita leve.

― No te preocupes, incluso sin ese dinero ganaremos. Volviendo a casa, empezaremos una campaña ecológica, repartiremos algunos volantes hechos con papel reciclado o alguna basura cursi así y ganaremos el corazón de la gente.

Y así lo hicieron, pero eso es otra historia.

El viaje de Austin hasta El Paso por carretera era de 8 horas, pero con buena compañía y espíritus altos eso no fue nada. Uno pensaría que Ellie y Zack viajaron juntitos y acurrucados todo el viaje como buena nueva pareja enamorada, pero Ellie se tomaba muy en serio su rol de líder, y prohibió a Zack sentarse a su lado para mantener su imagen de capitana centrada.

Como salieron por la noche, cuando llegaron a la ciudad fronteriza la mañana ya se asomaba por las desérticas montañas a la distancia. El clima era seco, y el sol, a pesar de ser tan temprano quemaba ya en la piel. Mientras se estiraban, buscaron un lugar con sombra para esperar a que bajasen su equipaje los encargados del autobús.

― Hemos llegado a la tierra prometida, muchachos. ― Dijo Junior, con espíritus altos. ― Estamos más cerca que nunca de nuestra inevitable aventura en México. ¿No lo huelen? Drogas, cantinas, tacos, perros chihuahuas y mucho más nos espera en ciudad Juárez.

― Ya me he adelantado a ti, muchacho ― Dijo Ana, sonriente. ― Estuve investigando y apenas nos instalemos en el hotel pediremos un taxi al puente Santa Fe, donde podremos cruzar sin problemas a México.

― Ah, la alumna ha superado al maestro ― Repuso el rubio, cruzado de brazos con un gesto de extraño orgullo dibujado en el rostro. ― Veo que te he enseñado bien… creo que demasiado bien.

― Esperen, ¿en serio vamos a México? ― Preguntó Rocko, arqueando la ceja. ― ¿Por eso fue que hicimos el viaje?

― Obviamente. ― Respondieron todos al unísono.

― Bueno, yo si vine a hacer apoyo moral a mi novia, y Junior hace lo mismo por Karla. ― Agregó Zack.  Pero, vamos, las chicas están concentradas en lo suyo. No pueden estar cuidándonos todo el rato, deben ir a la escuela donde se llevará a cabo el torneo mañana y acostumbrarse al terreno, practicar un rato y demás. Mientras tanto, sabes tan bien como nosotros que está en nuestro destino ir a hacer algo loco al país vecino del sur.

Y no se dijo nada más. Zack y Junior compartieron una habitación, Ana quedó relegada al cuarto de Ellie y Karla, y Rocko acabó compartiendo cuarto con Lester Finnigan, quien portaba el honor de ser la mascota escolar.

Hasta el año anterior, el emblema de Mc Highley era el oso, pero gracias a Junior eso había cambiado y tras una recaudación de más de dos mil firmas entre el cuerpo estudiantil y docente, el animal oficial se convirtió en el pescado.

Así nació Fishy, como lo llamaban de cariño. La mascota oficial de la escuela era un pescado bastante feo de aspecto realista vistiendo un uniforme de baloncesto. Pese a su aspecto siniestro, el espíritu escolar estaba por los cielos desde su llegada, y es que todos disfrutaban de darle un buen zape debido al rumor de que golpearlo traía buena suerte en el amor y en la fortuna. Teniendo esto en cuenta, es entendible entonces que Lester Finnigan no estuviese muy feliz con el grupo de Zack, pero nunca se quejó.

Ya instalados y tras darse un buen baño, Zack y su grupo avisaron a Ellie que saldrían mientras ellas preparaban su participación.

― ¿Vas a portarte bien? ― Preguntó ella a su chico, alzando una ceja.

― Sabes que no. ― Repuso él, encantador.

― Me refiero a… ¿vas a engañarme con alguna mujer de cantina?

― Ni en un millón de años. En ti veo todo lo que necesito, en ti pienso solamente, mi vida.

Sonrojada, agachó la mirada y sonrió mientras acariciaba sus largos cabellos dorados, nerviosa y contenta en sobremanera por las palabras que acababa de escuchar.

― B-bueno…  e-entonces ve con cuidado.

― Te amo. ― Le dijo Zack.

― Y yo a t-ti.

― ¿Y tú a mí qué? Recuerda que debes decirlo.

Roja como tomate, tragó saliva y asintió.

― P-perdona, también te amo.

Esta linda escena lamentablemente era manchada por las ovejas detrás de ellos haciendo gestos de desagrado ante tanta cursilería, pero a Zack no le importaban las burlas. Por primera vez en su vida se sentía plenamente feliz; tenía excelentes amigos, una excelente novia y un excelente porvenir; no veía que pudiese llegar un final a esa felicidad tan plena y extensa.

No había forma de que supiera que al terminar ese viaje nada volvería a ser igual. Nunca volvería a sentirse tan pleno.

Tras despedirse, se montaron en un taxi y emprendieron rumbo a la nación del tequila y los burritos, pero su viaje tomó un decepcionante giro cuando al cruzar la frontera descubrieron que ciudad Juárez era una ciudad común y corriente (más corriente que común).

No se veían vaqueros, sombrerudos, serpientes, cantinas, mariachis, ni nada de esas cosas que hacen a México un llamativo turístico para los americanos. De hecho, era tan simplista que no pudieron evitar suspirar los 4 al mismo tiempo.

― Esto es horrendo. ― Dijo Zack, pateando al suelo. ― Regresemos. Para que me decepcionen mejor que me decepcionen en mi propia nación.

― ¡Aguántame las carnes, hermano! ― Dijo Junior, que se aferraba a su ilusión Azteca como un niño a su juguete favorito. ― Tal vez tengan a los burros y a las cantinas alejadas del puente fronterizo para que no los invadamos para robárselas. Busquemos a alguien que yuspikee el inglish y preguntemos por diversiones locales.

Tras vagar por las calles cercanas a la frontera haciendo preguntas de increíble mal gusto, finalmente se encontraron con un taxista que entendía un poco el inglés y que no se tomó a pecho la inocencia de los adolescentes. Era un hombre de mediana edad, totalmente calvo y con el rostro repleto de arrugas que se estiraban de forma muy divertida cuando se reía con las ocurrencias del grupo.

Yes, yes, i see, vatos, quieren pasarla Tijuana style ustedes. Ches gringos locos. Pues ahorita está la feria, la fair, la country fair como le dicen ustedes. ¿Los llevo? Ten dola.

― ¿Qué crees que dijo? ― Preguntó Rocko a Junior, susurrando.

― Ni idea, pero por 10 dólares debe ser un ofertón. Súbete al taxi.

El taxista acabó llevándolos a lo que parecía ser una especie de feria a 5 minutos del puente. Como aún no estaba abierta al ser de mañana, los chicos vagaron en los alrededores, compraron burritos de una amable viejita con una hielera y luego se fueron a ver a los mexicanos skaters de la zona hacer suertes en un parque extremo a medio construir.

― Esto no está tan mal. ― Admitió Zack, encogiéndose de hombros. ― No es lo que tenía en mente, pero no está tan mal…

― Bueno, no siempre vamos a tener aventuras épicas. ― Intervino Ana. ― A veces no está mal relajarse, sentarse en la sombra a comerse un burrito de dudosa procedencia con tus amigos y dejar el tiempo pasar.

― Puede que tengas razón ― Concedió el pelinegro, que veía como a la distancia Junior y Rocko se apoderaban de las patinetas de unos chicos y trataban de imitar sus movimientos. ― En un rato que abra la feria compraremos churros, nos subiremos a esas montañas rusas que se ven increíblemente peligrosas, jugaremos en esos puestos de puntería donde nunca ganas nada porque están arreglados, y sencillamente la pasaremos bien.

Junior y Rocko se acabaron haciendo amigos de algunos skaters. Una de ellas, una chica de 18 años con el cabello teñido de color azul cielo incluso se ofreció a comprarles unas cervezas a cambio de besarse con Rocko, y bueno, acabaron bebiendo como anhelaban hacerlo antes del mediodía.

― Dice ella que nos convidará de su marihuana si le das un poco de azúcar, Ana. ¿Te animas? ― Preguntó Rocko, juguetón.

― ¿Y si chingas a tu madre? ― Preguntó ella, para luego volverse a uno de los mexicanos. ― ¿Lo dije bien?

Bebieron y se divirtieron con los skaters hasta que llegó la tarde y el movimiento se hizo visible en la gran explanada donde la feria se llevaba a cabo; entonces, tras agradecer a sus nuevos amigos, regresaron para comprar sus entradas.

Una feria mexicana no era muy distinta a las ferias del condado que tenían en Texas: estaba bastante sucio, poblado, y se entregaba entretenimiento barato para todas las edades.

Tan temprano las atracciones más llamativas aún no abrían, así que se centraron en jugar al tiro al blanco, a lanzar la canica al orificio ganador, y lo mejor de todo: a comer. Comieron churros, algodón de azúcar, palomitas, y cuando se cansaron de chucherías y de jugar, fueron al restaurante y probaron una parrilla fantástica que te entregaban en tu mesa con todo y una pequeña estufa que mantenía todo al fuego vivo, esto mientras un grupo de mariachis les tocaba por un dólar la melodía.

― Nunca creí que escucharía una versión mariachi de sweet child of mine. ― Confesó Zack.

― También hubiera aceptado “en un rincón del alma”. ― Dijo Junior.

Después de comer, siguieron paseando por la feria. Se metieron en una vergonzosa casa de terror, casi se rompen la nariz en la casa de los espejos y al entrar al círco de fenómenos presenciaron a la más falsa mujer lagarto de la vida. Era tan lamentable y penoso de ver que exigieron un reembolso, a lo cual el taquillero de la atracción solo respondió con una risa malvada de 10 minutos, o tal vez más, se aburrieron y se fueron al ver que no paraba.
Se subieron sin parar a las distintas montañas rusas, bailaron con los locales al ritmo de la música en vivo que ofrecían gratuitamente, y cuando ya el sol comenzaba a esconderse y el cielo se vestía de un rojizo nostálgico fueron a cenarse unos buenos tacos al pastor con unas cervezas.

― No hemos parado de comer, vamos a engordar muchísimo. ― Decía Ana. ― Y no me arrepiento de nada, cabrones.

Pero Ana luego acabó arrepintiéndose. La comida mexicana puede llegar a ser mucho para un simple gringo; sin preparación alguna, bebiendo, y encima subiéndose a todas las atracciones, fue obvio que acabara totalmente mareada y al borde del vómito.

― La llevaré al baño. ― Dijo Rocko. ― Nos vemos en un rato en la entrada, va siendo hora de que regresemos de todas formas.

Zack y Junior accedieron en dejar a la pequeña boca sucia en manos de Rocko, y se dedicaron a dar una última vuelta por los alrededores antes de regresar al hotel en El Paso.
Viendo juguetes y artesanías tradicionales de México en los diversos puestitos de regalos y recuerdos, Zack compró un par de collares y pulseras para Ellie, y Junior compró un par de libros y un bolso para Karla. Ambos acordaron en llevarle un negrito que hacía popó a Mike, y un colorido chal a Naomi.

Para finalizar, Zack dijo que compraría algunos inciensos para Chelsea y para la novia de su hermano: Perfume de lago de cristal, y Junior accedió a esperarlo mientras veía figuritas de alebrijes a un par de puestos de distancia. Jugueteaba con uno de ellos y con el juguete que compraron para Mike.

― Pero Ramiro, lo nuestro no puede ser. ― Decía, haciendo una voz chillona. ― Tú eres un lagarto extraño y yo soy, bueno, un negrito haciendo popó.

―… ¿Joseph?

No es posible imaginar lo que pudo sentir Junior en ese momento, al volverse por acto reflejo y encontrarse con un rostro que nunca pensó volver a ver.

Una niña preciosa de unos 14 años, con el rostro cubierto de pecas, con un par de gigantescos ojos verdes adormilados y unos labios gruesos le observaba con quietud, incrédula.

Era, como él, rubia natural, y como él, sus cabellos aparentaban ser más opacos de lo que eran en realidad ante la poca luz. Viéndola bien a detalle, tenía también la misma nariz que Junior y la expresividad en su rostro parecía salida del mismo molde.

Junior entrecerró los ojos mientras la observaba con detenimiento, como no creyendo que pudiese ser real. La realidad es que Junior nunca había dejado de verla, la veía todo el tiempo en sus sueños y recuerdos, pero verla realmente era algo muy distinto.

― Eres… Joseph, ¿verdad? ― Preguntó ella nuevamente. Dio un paso al frente.

Y entonces, todo regresó a él.

Sus ojos tildaron, su garganta se cerró, sus rodillas flaquearon.

― Jo…Joseph… ― Repitió como pudo, con una sequedad en la voz digna de quien no ha bebido agua en semanas. ― L-Leslie… J-Junior…

Cayó al suelo, con sus incrédulos ojos temblando en pánico, fijos en aquella chica.
Inevitablemente, todo estalló.

Se llevó las manos al rostro, para cubrir sus ojos que se negaban a cerrarse por más que se lo ordenara. Se encorvó contra el terroso suelo y gritó, gritó con todas sus fuerzas, desgarrando sus cuerdas vocales, agotando su aliento. Tomó aire como pudo, por la boca al no responder su nariz, y volvió a gritar.

Sus gritos llenaron los alrededores de la feria, causando el pánico de todos los transeúntes, que confusos observaban la escena a una distancia prudente. El dolor en su colapso era evidente para todos, pero nadie se atrevía a acercarse, como si fuese peligroso.

Zack tiró al suelo todo lo que cargaba y corrió hasta su mejor amigo apenas se dio cuenta de que era él quien gritaba en el suelo con irreparable desconsuelo.

― ¡Junior! ¿Qué pasa, Junior? ― Preguntó, tomándolo por los hombros, preocupado, asustado. ― Hermano, aquí estoy, ¿estás herido?


Pero él no respondió, solamente siguió gritando, ante la preocupada y aterrada presencia de aquella chica, y de Zack.

8 nov. 2017

Zack y Joseph capítulo 1: Tan lejos de Texas

(Ámsterdam, 2017)

Nunca en mi vida pensé que tendría la oportunidad de viajar a Europa, así que nunca soñé con ello. De ahí que nunca me hubiese imaginado recorriendo las hermosas carreteras de los países bajos, cubiertos de inmensos sembradíos de vibrantes y contrastantes colores unos con los otros.

Ámsterdam era una ciudad hermosa, repleta de gente amable y educada, contrario a lo que esperaba dada la fama mundial que tiene el sitio: no había visto ni un solo borracho causando escándalo por las calles principales ni había sido abordada por algún vendedor de sustancias ilícitas o un proxeneta buscando sumarme a sus filas. Era, por sobre todo, una ciudad encantadora de aspecto antiguo, repleta de edificios más antiguos que la totalidad de los Estados unidos de América, y con tanta cultura para ofrecer que en una visita esporádica como la nuestra sería imposible verlo todo.

Mi tiempo libre era limitado, así que renté una vespa y me di a la tarea de recorrer la ciudad y sus afueras con aires aventureros. La fachada rural y su realidad metropolitana me engancharon de inmediato, esa clase de encanto en Estados Unidos sencillamente no era posible de logar; toda nuestra cultura era tan plástica y despampanante que un estado zen de elegancia con humildad para nuestra decadente nación resulta inimaginable, mucho menos siendo residente de L.A., la cuna de la falsedad.

De regreso al hotel, ya tras haber invertido una tarde entera en mi disfrute, tenía aún el aroma y la fragancia de los campos de lavanda invadiendo y relajando mi mente. No me permitieron consumir marihuana, como uno hubiese imaginado que era posible, pero esta felicidad se le comparaba bastante.

En la entrada, Milán discutía vívidamente con los montadores del staff. Sabiendo que la seguridad de los pobres gorilones peligraba, me acerqué para asistirlos. Conforme me acercaba, los rosados cabellos de la bajista saltaban más y más al ritmo de sus neuróticas exclamaciones y amenazas.

― ¿Ocurre algo? ― Pregunté.

― Claro que ocurre algo, siempre ocurre algo. ― Replicó ella, agría como siempre. ― La aerolínea no me responde las llamadas, no saben donde están los monitores que nos perdieron. Dijeron que era un error simple y que para esta mañana habrían llegado, pero si ese fuera el caso no bloquearían mis llamadas, ¿no crees?

― Ya, el equipo perdido… ― Suspiré, encogiéndome de hombros. ― Llamé al organizador de la arena Ámsterdam, y me ha dicho que entiende que es algo fuera de nuestro control, va a permitirles tocar sin montar todo el espectáculo, siempre y cuando Zack y tú accedan a firmar autógrafos mañana ahí mismo en la tarde y toquen un par de covers para unos fans con entradas VIP.

― Eso es lo que estos gorilones me estaban diciendo, que tú te habías encargado de eso. Y yo les estaba diciendo que ¡ME IMPORTA UNA MIERDA, YO QUIERO MIS MONITORES!

Pegué un salto por la sorpresa, Kina Milán siempre había sido una mujer de carácter fuerte, pero nunca me había gritado a mí personalmente. Por lo visto, de inmediato se dio cuenta de que no era yo quién era responsable de su molestia, y me abrazó con sus tatuados brazos como buscando sobre-compensar.

 Perdona, Ruth, perdona… hiciste un buen trabajo. Pero me irrita que hayamos pasado tantos meses planeando esta gira como para que en nuestra primera función vayamos a hacerlo a medias.

― No te preocupes, lo entiendo. ― Dije al momento. ― Ahora, ¿puedes soltarme? Tú y yo realmente no somos de las que se abrazan… es raro.

― Tienes razón, es raro, esto se siente muy mal. ― Admitió, carcajeándose mientras me dejaba ir. ― Además hueles a flores, ¿estuviste revolcándote en algún sembradío?

― Puede que lo haya hecho. No responderé, es mi derecho. Ahora, si me disculpas, debo ir a despertar a su majestad o no estará a listo a tiempo para su función.

Me despedí de ella y me adentré en el hotel, caminando directo hasta el elevador tras saludar a la distancia a los empleados en recepción. Zack y yo nos quedábamos en el cuarto piso, habitación 45.

Nuestro piso no tenía nada de especial, más allá de una pequeña sala de estar que siempre estaba vacía, ¿Quién iba a un hotel a pasar el rato fuera de la habitación de cualquier forma? Lo divertido estaba fuera, en la hermosa ciudad, y lo mágico que podía ocurrir en un hotel, ocurría solamente en la cama (y me refiero a dormir, obviamente, algo tienen esas camas de hotel que uno siempre duerme fantásticamente).

Apenas entré a nuestro cuarto, noté que Zack ya estaba levantado. Vestía únicamente una toalla alrededor de la cintura, y estaba sentado al borde de nuestra cama. En sus manos sostenía su teléfono, y lo observaba en estoico silencio. No había notado mi regreso.

― Hey. ― Le saludé, cerrando la puerta tras de mí. ― ¿Disfrutaste el baño?

Su gran espalda y hombros amplios aún tenían tatuados mis rasguños de la noche anterior, eso me hizo sonreír. El largo de su negro cabello llegaba ya hasta por debajo de su nuca, y aunque prefiriese lo llevase corto, comprendía que ahora su aspecto no solo debía de complacerme a mí; ahora tenía admiradoras, y por alguna razón estas se derretían por ver sus greñas de vagabundo.

Se giró en mi dirección, los abultados mechones de cabello ocultaban ligeramente el vibrante azul de sus ojos. Era tan hermoso que me hizo temblar aún en la entrada, ¿Cómo era posible que existiese alguien tan perfecto en este mundo? Mordiéndome el labio inferior, me acerqué tímidamente, como si aún fuese la vecina de al lado.

― Sí. ― Contestó. ― Estaba a punto de pedir algo de comer a servicio al cuarto, pero…
 Me mostró entonces que en su celular veía una conversación de Whatsapp. A la distancia no podía notar de quien se trataba, pero por reflejo y costumbre, me adelanté y aventuré una respuesta.

― ¿Ellie?

Negó lentamente.

― Es Karla… sobre Junior…

Tomé el teléfono de su mano tosca y firme. Era un solo mensaje, enviado hace un par de horas atrás y sin responder.

“Zack, sé que tú y él no están en los mejores términos, pero eres su mejor amigo y creí que debías saber que está muy mal. Su padre murió la semana pasada, y ahora mismo le vendría bien un poco de apoyo.
No voy a forzarte a nada, pero sabes tan bien como yo que él jamás te dejaría solo en un momento así. Conoces su número”

― ¿Qué vas a hacer? ― Pregunté, devolviéndole el aparato.

Podía observar la angustia y preocupación en su mente. Me sentí algo culpable por haber pensado cosas pervertidas al recién entrar al cuarto mientras él se debatía entre sus sentimientos por su mejor amigo y los problemas que ambos tuvieron en el pasado. Me senté a su lado, y lo abracé con suavidad, recargando mi rostro en su amplio pecho; moldeé mis labios contra el tatuaje de los mismos que se hizo para mí meses atrás.
Acarició mi cabello, gentil y cariñoso. Yo besé su suave piel y con mi mano derecha di consuelo en sus hombros. Sabía que no era fácil para él hablar del tema.

― No hay nada por hacer. Junior y yo ya no somos amigos.

Me estremecí, la dureza inhabitual en sus palabras resonó en mi interior como el eco.

― Zack, es tu mejor amigo…

Negó con la cabeza, resoplando. Podía notar en sus sencillos movimientos cuan conflictuado estaba, y que lo que diría, fuese lo que fuese, lo hacía con pesar.

― Eso quedó atrás… estuviste ahí, lo sabes mejor que nadie.

Volvió a negar con la cabeza. Luego me tomó violenta e inesperadamente por las mejillas con su fuerte agarre para acercarme a sus labios y besarme con autoridad y ansiedad.
Aún lidiaba con la sorpresa de sentir sus labios aprisionando los míos y de su lengua caliente haciendo hervir mis entrañas con sus fervientes caricias en mi boca cuando me percaté que sus manos me desnudaban con urgencia. Cayó mi blusa de tirantes por mis hombros hasta mi abdomen, y voló mi sostén al otro lado de la habitación en un parpadeo.

No me molestó su agresividad, sus labios suaves y sus manos fuertes y toscas eran una combinación que siempre derretían todas mis barreras como si fuese su cuerpo una llama ardiente. A pesar de lo inesperado de la situación, estaba hecha un charco, empapada de excitación y anhelo por él.

¿Y qué si me usaba para liberar su angustia en forma de pasión? Yo deseaba esa liberación, y la deseaba dentro de mí. Poco tiempo le tomó complacerme, pudiendo sentir como tanto anhelaba su masculinidad llenando la totalidad de mi interior, embistiéndome con impulsos animales mientras yo aferraba mis piernas a su torso y gemía a gritos clamando su nombre sin importarme que estuviesen sus compañeros de banda en las habitaciones contiguas.

Me tomó e hizo suya con fuerzas e intensidades inusuales. Usó mi cuerpo para liberar su tristeza, sus ansiedades y sus inseguridades y las transformó al cogerme en un frenético e inolvidable acto de amor. Era un artista, y la mejor música la hacía usándome como instrumento.

Al terminar, me besó en los labios dulcemente sin recuperar el aliento del todo y me pidió perdón por haber sido tan brusco. Le sonreí y le dije que no importaba, que, aunque había dolido un poco había hecho mi mundo entero vibrar.

― Ahora las cosas son diferentes. ― Dijo finalmente, pasados algunos minutos. Nos habíamos acurrucado en las sabanas y mirábamos al vacío en un cómodo silencio, casi se me olvidaba lo que provocó que termináramos así. ― Aún si él está mal… aquí estamos empezando nuestra gira por Europa, ensayamos todo el maldito día, por las noches tocamos sin parar, y luego al regresar al hotel tendremos que empacar todo pues nos vamos a la siguiente ciudad, en autobús. No vamos a comer nada decente o sano durante al menos 6 meses, tengo que sonreír en todo momento si un fan me reconoce en la calle, y aquí eso sucede todo el tiempo, y debo escribir nuevas canciones en la carretera porque queremos además sacar un nuevo álbum cuando regresemos a América… a lo que voy es, yo también tengo mis propios asuntos de los que ocuparme.

Era verdad, todo. Cuando Sheepheads lanzó su primer álbum como banda independiente alcanzaron un status de culto importante en California, y tocaron durante cosa de un par de años en numerosos bares a lo largo del estado, pero cuando comenzaron a tocar las canciones que Zack escribía, intercalando el rol de vocalista entre él mismo y Kina fue que las cosas se pusieron realmente increíbles: fueron descubiertos por un agente que vendió los derechos de sus canciones para una serie de Netflix, y a partir de ahí… bueno, miles de descargas en itunes, millones de reproducciones en Youtube, un par de videos musicales, y cuando menos se lo esperaban, recibieron una noticia increíble: Sheepheads era una sensación en Europa occidental.

Aunque las líricas trágicas y pasionales que Zack escribía llegaban al interior de las personas, no todo el éxito era cosa suya. Claro, su aportación creativa y el hecho de que Sheepheads pareciera una parodia de la palabra shitheads ayudaba de manera importante para clavarse en la mente de la juventud, pero el inmenso talento de Kina Milán y su atractivo fem-punk eran la estampa de la banda. Estaba también la presencia de Tom y Skull en la segunda guitarra y en la batería respectivamente: con sus capacidades musicales elevaban las amargas letras de Zack a niveles ambrosiacos que probablemente ni él llegó a soñar que podría conseguir.

En conjunto, la banda era un equilibrio perfecto de maestría musical, un accidente de belleza y arte de esos que ocurren una vez cada 20 años. Zack era el corazón, Milán era el cuerpo, y Tom y Skull eran las venas que hacían todo circular y funcionar.

Ahora era famoso. Zack había cumplido su sueño de convertirse en una estrella de rock, y en sus manos estaba el consolidarse como una, o quedar olvidado como uno de tantos one-hit wonders. Esta gira europea era su primera prueba a superar, y si se distraía o flaqueaba, podría arruinarlo todo para él y para sus compañeros.

― De acuerdo. ― Murmuré, dándole fin al tema. No quería estresarlo con mis insistencias. ― Bueno… lo mejor será que nos alistemos para salir a la arena, o Kina nos gritará de nuevo.

Zack pegó una carcajada.

― ¿Tú crees que yo le tengo miedo a Milán? Porque si es así, tienes toda la razón. Apúrate, vístete.

Entre risas y jugueteos nos alistamos. Yo y él sabíamos que la preocupación inminente por Junior aún estaba presente, pero Zack tenía que tocar para 10, 000 personas en unas horas, debía estar mentalizado en su meta.

Zack y Joseph


Las historias de Zack Mosh no son poca cosa. Habré pasado cientos de horas escuchándolo contar sus anécdotas de Texas con aquel brillo en sus ojos claros que le hacían ver tan hermoso, orgulloso y vivo.

Para mí siempre fue obvio que Zack, como estudiante de Mc Highley, vivió sus días más alegres, plenos, y satisfactorios. Si bien, no todos sus relatos de aquellos tiempos eran historias felices o aventuras épicas, habiendo su justa cantidad de momentos tristes, siempre tuvo el control de su destino, para bien o para mal.

En su primer día como estudiante de preparatoria, Zack conoció a su mejor amigo: Junior.
Alegre, divertido, impredecible, relajado y servicial. Junior era la clase de persona con la que Zack siempre soñó entablar amistad, y debido a esto no es de extrañar que figure en todas las historias que me ha contado a lo largo de los años.


Zack y Junior más que amigos eran hermanos. Y la historia que les contaré va sobre ellos: dos hermanos, y de cómo su amistad llegó a su fin.

Lista de capítulos







3 nov. 2017

Triste dibujante


Triste dibujante

Es el llanto de un artista su obra, y de ti, triste dibujante, he visto ríos de miseria, de triste y hermosa soledad.

No te sorprendas por mi tino, ni insultes mi sagacidad confundiéndola con casualidad, solo es que, como la tuya, mi alma en desconsuelo ha florecido hermosos llantos de tinta inamovible.

Como tú en tus trazos has caído de rodillas, agobiada y cansada de la vida, yo me he ahogado sin aliento en berridos párrafos que sin sutileza alguna exponen mi dañada y frágil existencia.

Es la vida del artista, tan triste y tan bella, la más digna maldición. Viene incluido con el talento, un delicado y expuesto corazón.

Si nos mostráramos desnudos uno al otro probablemente encontraríamos en nuestros cuerpos más de una cicatriz idéntica tatuando nuestro existir; no somos reflejo, simplemente compartimos un camino, un destino.

Triste dibujante, quisiera encontrar, palabras de consuelo para tu pesar.
Más para nosotros no existe en la vida, mayor pertenencia que la del penar.

No te preocupes, triste dibujante, cuando no encuentres más que sonrisas fugaces al extenuada suplicar por un motivo para seguir adelante, descubrirás la felicidad permanente que tanto anhelas en la admiración de quienes aprecian tu precioso sufrir.

Es crear como el fuego, incinera todo a nuestro alrededor.
El centro de tu alma arde llameante, iluminando con su intenso fulgor.


Aún si no quedara nada de nosotros, aún si el arte arranca de nuestras tristes vidas hasta el aliento, estoy convencido de que, como yo, triste dibujante, te sentirás satisfecha y feliz si dejas este mundo con la mano acalambrada y cansada de tanto crear, pues nunca realmente te irás… tus trazos de eso se encargarán.

26 oct. 2017

Sobre mi vida romántica, sobre Sputnik, mi amor, y sobre la vida en general

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No es un secreto para los que me leen que soy una persona romántica desde siempre. Quienes me conocen suficiente como para hacerme hablar de mi pasado, sabrán que a mis 6 años de edad le declaré mi amor a mi primera chica: Rocío, se llamaba, y tenía 16 años.

Claro, lo nuestro no pudo funcionar. La diferencia de creencias, las presiones de su familia para que nos casáramos y el hecho de que tenía solo 6 años fueron cosa suficiente para que nuestro amor muriera como murieron mis tamagotchis de aquellos años.

Rocío sería la primera de muchas decepciones amorosas. Tengo ya 25 años y mi juicio a la hora de enamorarme sigue siendo desafiado por los hirientes caminos de la vida. Recientemente mi corazón fue despedazado como nunca antes, y más que nunca he sentido necesario enfocarme en mi lado artístico y profesional, para así olvidarme de mi lado sentimental para bien.

Buscando esto mismo, escribo prácticamente todo el día. Y aunque es una forma efectiva de lidiar con la tristeza, por las noches, cuando estoy agotado mentalmente, me es imposible seguir haciéndolo… me di cuenta de que necesitaba algo más para ocupar mi mente. Algo más demandante que los videojuegos y los videos pendejos en Youtube, al menos.

Así pues, acudí a la amiga más lectora que conozco: Agos, y le pedí que me recomendara algunos libros para leer durante las noches solitarias. Eso sí, le pedí específicamente que dejara de lado las recomendaciones románticas. Sin dudarlo ni un instante, mi querida amiga me recomendó y extra-recomendó las obras de Murakami, que, a pesar de tener romance, me aseguró traerían una perspectiva distinta que para nada afectaría mi ya muy afectado corazón.

La primera obra en su lista de recomendaciones fue Sputnik, mi amor. La noche anterior me di a la tarea de buscarla, de ponerme cómodo en la cama y de echarme a leer.

Sputnik, mi amor narra la historia de Sumire en la perspectiva de K, su mejor amigo y confidente. Sumire es, como muchos de nosotros, una escritora sufrida que no sabía nada de la vida más allá de querer dedicar su vida a las letras. Además de esto, la peculiar protagonista era un verdadero caso: desaliñada, despistada, renegada de la sociedad, directa, fumadora compulsiva, y, además: algo desconsiderada.

Suena como a una escritora, ¿cierto? Se pone mejor: a pesar de tener gran talento, era incapaz de concentrarlo todo en una gran obra, podía crear increíbles fragmentos, pero se veían inundados bajo inmensos montones de rellenos innecesarios e hilos sin rumbo alguno.

Conocedora de sus defectos como escritora, buscaba constante consulta en K, que era un ávido lector y estudiante de historia de la universidad cuando se conocieron. Al llegar al tema de su incapacidad de crear algo concreto, K le comentó a Sumire, en forma de metáfora, y sin dar mucho spoiler para que ustedes mismos lo lean, que para llegar a consolidarse como artista le era necesario algo que no encontraría en la soledad de su diminuto departamento.

Ese algo llegó a Sumire tiempo después, en forma de una hermosa mujer coreana, 7 años mayor que ella y casada. Basta decir que se enamora de ella, y a raíz de ello una serie de eventos místicos, realistas, y hasta surrealistas cobran lugar en la vida de los tres pilares de la historia: K, Sumire, y My… Myü.. M… llamémosla la mujer mayor de la que Sumire se enamora.

No voy a dar mayores detalles de la historia, pero diré que Sputnik, mi amor, es una obra de arte que todo lector y escritor deberían de experimentar; la forma en que Murakami fue capaz de expresar el sentir de todo escritor en muchas de sus etapas no debe menospreciarse pese a no ser el punto central del libro, fue esta conexión que sentí ante el pesar artístico de Sumire el que me mantuvo leyendo hasta encontrar luego el verdadero mensaje, como si Murakami mismo supiese que miles seríamos capaces de vernos reflejados y aprovechase esto para relatar una hermosa y triste realidad.

Empecé esta entrada hablando de mis malos amores, y es que, como Murakami en su obra: no he escrito nada en vano, todo conecta de una u otra forma; Agostina tenía razón: Sputnik, mi amor, es una historia de amor, romance, pasión y deseos sexuales, como las que le pedí que no me recomendara. Pero no es la típica historia donde las personas enamoradas se unen, se besan, hacen el amor y liberan sus sentimientos una a la otra, no, para nada.

Es una historia donde el amar y el desear van más allá de la liberación, donde amar y desear pueden transformarte, incluso separarte. El amor, aunque guía a sus personajes y los hace cambiar, nunca es culminado, no de una forma satisfactoria al menos. Ello te deja un sabor amargo en la boca que ultimadamente te hace sentir algo más real de lo que nunca hubieses podido sentir si todos se cogieran a todos y fuesen felices.

Y es que, la vida misma es una serie de romances y amores sin culminar, la vida es un ir y venir de pasiones que nunca se cierran, es una serie de momentos agrios y amargos que van y vienen, mucho más seguido que los momentos dulces de liberación y culminación.

También maneja otra cruda y amarga realidad: las personas cambiamos. La gente de nuestro entorno nos transforma, nos moldeamos a su forma y nos acostumbramos tanto a su presencia que dejamos atrás quienes éramos por ellos, y cuando se van, ya nunca vuelves a ser quien eras, o a encajar con tu yo actual. Sé que suena algo extraño, pero es algo que yo mismo estoy viviendo en este momento.

Gracias a Sputnik, mi amor, he logrado comprender algo que ya venía sintiendo desde hace días atrás: nunca podré volver a ser quien era yo antes. Esa persona ha dejado de existir, así que poco importa si me pongo a recoger los pedazos de mi viejo yo. Somos seres cambiantes, en constante adaptación, y por triste que parezca, al ser dejados atrás por alguien importante, dejamos con esa persona una porción significativa de quienes somos. En palabras de K mismo, solo nos queda adaptarnos a lo que viene después, de la mejor manera que podamos con los retazos que quedan de nosotros.


Amarga, surrealista, fantástica, y única por donde se le mire: esta obra de Murakami es una experiencia que no debe faltar. Si como yo, te sientes perdido y buscas encontrar un nuevo mañana para tu nuevo , tal vez leer esta hermosa historia sea un buen comienzo.

23 oct. 2017

Traficante de mentiras

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Que soy tu vida, que soy tu todo, que no puedes vivir sin mí, que morirías sin mi presencia, que toda tu vida gira en torno a mí, que solo piensas en mí, que tu corazón me pertenece, que solo a mí cantas canciones, que tus fotos son solo para mis ojos, que es tu alma enteramente esclava de mí, que nunca me serías infiel, que siempre vas a estar conmigo, que vas solo con amigas, que no me engañaste nunca ni nunca lo harías, que volveremos más fuertes que nunca, que me necesitas, que te importo, que tendrás mis hijos, que me harás muy feliz, que no evitas contestarme, que no te escondes de mí, que no hablas con nadie más.
Que me amas… que nunca me harías daño…

Traficante de mentiras, engáñame un poco más con tus dulces falsedades hasta quedarme dormido. La sobredosis de falacias me lleva siempre a un mejor lugar.

17 oct. 2017

La muerte de la princesa


Al latido de los truenos de aquella noche tormentosa, cayó el castillo.

Por los pasillos donde alguna vez desfilaron soldados galantes en sus mejores y más brillantes armaduras, ahora huían despavoridos los semidesnudos y enclenques reclutas restantes, tratando de evitar ser aplastados por los gigantescos muros de piedra que cedieron aquella noche de octubre.

En el salón central donde en el pasado danzaron un demonio y una humana durante eternidades cíclicas, sucios campesinos saqueaban las riquezas restantes, buscando sacar provecho de la tragedia ajena.

Las torres, que ayer parecían un desafío a los dioses en toda su imponencia, ahora se tambaleaban al viento con la fragilidad de un corazón agrietado y sin deseos de vivir, cayendo una a una en el suelo vestido de ruinas y destrucción.

Nunca nadie pensó que algo tan inmenso, hermoso y perfecto pudiese caer, y sin embargo lo hizo.
Para cuando salió el sol, ya no quedó nada que proteger, ya no había nada para admirar… solo quedaron ruinas, memorias, y la certeza de que aquellas antiguas glorias fueron solo una ilusión temporal. Una mentira… la más bella y vil de las mentiras.


La tormenta lo reclamó todo, se llevó ilusiones, sueños, deseos, vidas y paredes por igual. A la distancia, lejos del caos y destrucción, una hermosa mujer con aspecto real se alejaba alegre con una canción en la mente y otro castillo en la mira, indiferente del dolor que dejaba a sus espaldas. Pero no era la princesa que prisma iluminaba el mundo, era alguien más… la princesa prisma, tristemente, murió con la tempestad.

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