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20 nov. 2011

Asociación de lectores y escritores (13/??)


Capítulo 13: Charla de chicas

― ¡ALICE, YA ESTÁ EL DESAYUNO, BAJA O SE LO DOY A PULGOSO!
― ¡Entiendo, madre!
Alice bajó en tiempo record de su habitación, con el cabello bien planchado, el uniforme impecable y una mochila bien ordenada ya con el horario del día organizado en su interior por orden de uso. Despedía un dulce aroma frutal a cada paso que daba, la gracia de sus movimientos igualmente era el de una señorita de alta sociedad, capaz de captar la atención de conocidos y extraños y con la inevitable habilidad de enamorar al más exigente de los galanes. Su madre entró en alerta, su hija no era capaz de hacer nada de lo anteriormente mencionado.
― ¿Quién eres y qué le has hecho a mi Alice? ―Preguntó, severa.
― ¿De qué hablas, madre mía? ― Preguntó la joven, esbozando una tierna sonrisa. ― Por cierto, buenos días, padre.
― Sí mija… pero no vayas a llegar muy tarde, ¿Eh? ― Respondió su padre, sin dejar de mirar el periódico.
― ¿Madre… padre? ― Preguntó nuevamente su mamá, cada vez preocupándose más por el anormal comportamiento de su retoño. ― Hija… ¿estás drogada?
Alice miró con confusión a la autora de sus días, luego sonrió con confianza.
― ¡Yo nunca te haría eso, madre! Me has educado muy bien como para fallarte consumiendo productos ilícitos que solo dañan mi cuerpo y mente.
― D-dices eso, p-pero… ¡mírate! ¡Estás arreglada a tiempo, muy guapa y presentable, ordenada y encima te portas educada! Esto no tiene sentido… a menos qué… ¡a menos que estés enamorada! ¡ESO DEBE SER! ¡CIELO, NUESTRA ALICE ESTÁ ENAMORADA!
― S-sí amor ― Repuso su esposo, cambiando la página del diario. ― Pero no vayas a gastar mucho, ¿eh?
― ¿Enamorada? ― Alice arqueó una ceja, y rápidamente negó con gracia. ― ¡Para nada, madre! Antes que pensar en hombres deseo terminar una carrera y viajar alrededor del mundo.
― P-p-pero… ¿y qué hay de la escritura?
― Madre, la vida solo es una… no quiero pasarla frente a un monitor narrando aventuras que yo misma podría estar viviendo.
― ¡¿EH?!
― Ahora, si me disculpas, voy a comer antes de que se enfríen los deliciosos alimentos que para mí has preparado, y ambas sabemos que no se debe de hablar en la mesa.
― ¡¿EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEHHHHHHHHHHH?!
Esto sí que no era posible, esto sí que no podía ser verdad. Nadie conocía a Alice mejor que su madre, y ella estaba segura de que todo lo que había dicho desde que había bajado eran cosas que su hija nunca diría. Al principio pensó que quizás su hija finalmente había salido del capullo y se había vuelto una hermosa flor (algo que ya comenzaba a dudar que pasaría), más tras escucharla decir que no hablaría en la mesa, la teoría de que se trataba de una impostora ninja norcoreana maestra del disfraz estaba de vuelta en el tablón. En los 16 años que Alice tenía de vida, nunca obedeció la rígida regla que la familia tenía de no charlar en la mesa; incluso siendo una recién nacida, lloraba o peleaba mientras la alimentaban, y cuando aprendió a hablar se volvió tarea imposible mantener el silencio por más de 3 segundos, y mientras más le hacían callar, más hablaba la rebelde pequeñaja. Al final la regla de “no hablar en la mesa” se vio obligada a desaparecer por la firmeza de una fuerte revolucionaria, una fuerte y parlanchina revolucionaria.
― Hija… ― Le llamó nuevamente su madre, ya con los ojos cristalizados. ― ¿Por qué no estás siendo tu misma? ¿Será que la espera sobre lo del concurso te tiene tan nerviosa que has caído en la locura?
Alice no respondió, solo hizo una seña a su plato, indicando que estaba comiendo.
El timbre de la casa despertó a la madre de Alice de sus preocupaciones, más cuando fue a atender todas volvieron de golpe.
― Buenos días señora ― Saludó Claudia, sonriente. ― He venido a recoger a Alice.
― Claudia ― Murmuró, preocupada. ― Tienes que ayudarme… Alice no está actuando como ella misma… pareciera que es otra persona… no lo sé… estoy muy asustada… ¡no está hablando en la mesa!
Claudia puso sus ojos en blanco y trató de hacer memoria, esto solo aumentó la tensión en la pobre mujer, que expectante esperó a la réplica de la adolescente.
― Creo que puedo saber que le pasa… ¿me permite subir un momento a la habitación de Alice?
― Por supuesto, pasa, pasa… yo iré a vigilarla, ¡sabrá Dios que barbaridad se le ocurre hacer ahora! Si se pone a lavar su plato te juro que no lo soportaría, ¡Sería demasiado para mí!
Claudia dio una palmada consoladora a la pobre mujer y subió las escaleras con velocidad. No tardó mucho en bajar, esta vez con un gesto molesto impreso en su rostro blanco.
― ¿Encontraste algo? ― Preguntó la madre de Alice. ― ¿Es mi hija una narcotraficante?
Sin replicar, lo primero que hizo fue caminar hasta donde Alice comía y golpearla con fuerza en la cabeza. Luego, se dedicó a gritarle.
― ¡Eres una idiota!
― ¡Ouch! ― Exclamó la joven escritora, acariciándose su cabeza un poco, para luego volverse a su amiga y sonreírle guiñándole un ojo. ― Buenos días, Claudia, ¡buen golpe!
― ¡¿Por qué tomaste tantas?! Solo debías tomarte dos cada noche, ¿Sabes?
― ¿Tomarse tantas qué? ― Preguntó la madre de Alice, confundida.
― Eh… son vitaminas que hacen de calmantes para los niños pequeños, señora… yo se los doy a mi hermanito todo el tiempo cuando quiero leer tranquila. Alice me dijo ayer que por lo del concurso de la mini ALE no era capaz de dormir, y que  a causa de la falta de sueño comenzaba a sospechar que una sociedad secreta de topos gigantes andaban siguiendo sus pasos muy de cerca… así que decidí recomendarle las vitaminas de mi hermano, pero… Alice se excedió…
― Ah, esa yo de ayer, tan infantil ― Murmuró Alice, tiñendo sus mejillas de rojo. ― Es tan vergonzoso cuando se es aún un chiquillo, ¿No creen?
― ¡Sigues siendo una chiquilla, idiota! ― Gritó Claudia. ― ¡Solo que ahora estás tan sedada que ni te enteras!
― Entonces… ¿eso significa que mi hija si está drogada?
― Bueno… eso depende señora ― Acertó Claudia. ― Verá… esas pastillas se venden sin receta, y los niños pequeños las aman porque saben ricas… es imposible que pase algo malo… aunque estoy seguro que nadie en los laboratorios que las fabrican llegó a sospechar que alguien sería tan idiota como para usar 3 frascos en solo una noche.
― Ah, ¿esos que están sobre el escritorio? ― Preguntó Alice, educada. ―No seas tontuela Claudia, esos me los tomé hace unos minutos, los tres de anoche están en el bote de basura... en fin, ¿nos vamos ya a clases?
― Bueno, señora… ― Claudia se volvió para con la madre de su amiga, encogiéndose de hombros. ― Es muy probable que Alice colapse en medio de las clases, en todo caso me encargaré de que llegue a casa segura, ¿bien? No se preocupe, prometo no volver a recomendarle remedios infantiles, al menos no mientras está bajo tanta presión por eso de la publicación.
― Dios mío tenía que salirme una hija escritora… ― Se lamentó la madre de Alice en respuesta. ― El vecino de enfrente tiene a un arqueólogo, a un piloto y a una neuróloga… ¿y yo? Una escritora que a sus 16 años ya está experimentando su primera sobredosis… en fin… ni hablar. Cuídala mucho Claudia y trata de no dejarla sola por favor.
― Así lo haré señora, no se preocupe. Por suerte yo no tengo planes cercanos, así que mi presente está muy libre para hacer de niñera de una chica de mi edad.
― No me gusta el tono irónico, pero es mejor que nada. Cuídense.
― ¡Adiós familia! ― Se despidió Alice, con su momentáneo porte elegante y juvenil. ― ¡Vuelvo en la tarde sin desviarme!
― ¡A MI TAMBIÉN TRAÍME ESTAMBRE! ― Gritó el abuelo desde su habitación.
― ¡NO GRITES TRIVIALIDADES ABUELO QUE ALICE ESTÁ DROGADA! ― Gritó Claudia.
― ¿CÓMO QUE ENTRENADA SI NO ES PERRO?
― Lo siento, tenía curiosidad de cómo respondería ― Se disculpó Claudia. ― Ahora si nos vamos.
Varios minutos de viaje después, Alice y Claudia finalmente llegaron al colegio, una vez entraron al salón de clases, después de que el timbre sonara, no pudieron evitar mirar al asiento ubicado justo a un costado de los de ellas: estaba vacío.
 ― Hoy Anthony ha vuelto a faltar, ¿Eh? ―Preguntó Claudia.
― Me pregunto si estará enfermo ― Alice observó con preocupación a su amiga. ― ¿Crees que debamos visitarlo?
― ¿Y por qué? Solo es Anthony.
― Es nuestro amigo, y la amistad es la luz de…
― Dios mío ― Interrumpió la chica, con un gesto de disgusto y asco. ― ¿Cuándo vas a dejar de actuar así? ¡Me enferm… oh, ¡mira! Un chico nuevo.
Alice dirigió su mirada en dirección a donde su amiga señalaba. Era un chico de negros cabellos rizados y mirada perdida, Alice no pudo evitar sorprenderse al recordar que era Marco, aquel chico que había conocido fuera de la casa de los Gambino el mismo día en que vio por primera vez a Ten Zero, AsmaX y Mint, además de ser ese el día en que le anunciaron que sería publicada.
― ¡Le conozco! ― Celebró Alice, sonriéndole a Claudia con ternura. ― ¡Me parece que es escritor amateur! y se llama… ¡Marco! vayamos a saludarlo, ¡anda!
― Eh… no, yo paso… no parece ser muy sociable, además… con tu personalidad actual es probable que todo sea un desast… espera… pensándolo bien, voy contigo por morbo.
Ambas se acercaron hasta el escritorio del nuevo alumno, naturalmente, fue Alice la que inició el dialogo.
― ¿Marco, verdad? ― Preguntó Alice, con tono tierno, tan anormal en ella que algunos cercanos a la escena la miraron con confusión. ― ¿Me recuerdas? Nos conocimos hace poco en el pórtico de los Gambino.
Marco, que tenía la vista y la mente perdidas, dirigió su mirada con interés a Alice, sus ojos se abrieron con sorpresa al instante.
― ¡Ah! ― Exclamó. ― Pero si eres… ¿Jaime, verdad?
Alice soltó una risita coqueta, el sonido fue tan poco “Alice”, que Claudia retorció el cuello de forma nada disimulada con desagrado.
― ¡Pero si ese es un nombre de niño! ― Exclamó en tono juguetón, soltando un ademán de negación al aire mientras sonreía con las mejillas sonrojadas. ― ¿En serio no recuerdas mi nombre? ¡Eso es muy malo de tu parte, eh!
― Era broma, eh… ¿Alice, no? ― Marco sonrió levemente, casi con somnolencia. ― Vaya casualidad… ¿quién diría que llegarías a estar en mi nueva clase?… ¿cómo te ha ido en ese concurso para publicar tu historia?
― Ah, ¿Lo recuerdas? ¡Qué lindo! ― Exclamó, cerrando los ojos, extendiendo su sonrisa coqueta. ― Los resultados llegan en… eh… no lo recuerdo… ¡pero en realidad no me mato pensando en ello!
― ¿Qué lindo? ― Pensó Claudia. ― ¿No me mato pensando en ello? Dios mío… como su amiga debería de detenerla y llevarla a un lugar seguro hasta que sea capaz de sostener una conversación en sus plenas facultades… ¡pero como morbosa que soy realmente quiero saber que otras idioteces dice! ¿Qué debo hacer? ¡Rayos!
― ¿En serio no te presionas por los resultados? ― Preguntó Marco, sonriente. ― El otro día parecías muy nerviosa al respecto.
― ¡Bueno, esa era la yo del pa-sa-do! ― Guiñó un ojo, confiada.
― ¡Esa es la tú que no está dro-ga-da! ― Pensó Claudia. ― Demonios… después de todo no puedo hacerle esto a Alice… ¿qué si este chico comienza a ilusionarse? Después de todo ella es linda y como está siendo ahora de coqueta puede atrapar a cualquiera… lo mejor será detenerla.
― Ya veo ― Marco asintió. ― Pues realmente admiro a tu yo del presente en ese caso, mira que es muy buena manejando la tensión… de cualquier forma, buena suerte.
― ¡Muchas gracias por tus buenos deseos, Marco!… y por cierto, ¿cómo te va a ti en tus planes de ser publicado?
― ¿En mis qué?
― Tus planes para publicar una historia, porque tú eres un escritor amateur, ¿no?
― ¿Eh? ― Ladeó la cabeza, confuso. ― ¿Lo soy? ¡AH SÍ! ¡Lo soy! Pues no muy bien… ¿no tendrás algún consejo para mí, o algo?
― ¿Eh? Pero si yo soy casi tan novata como tu ― Murmuró Alice, sonrojándose. ― Pero si gustas podemos intercambiar conocimientos en una cit…
― ¡Muy bien, lo siento Romeo! ― Interrumpió Claudia, cubriendo a Alice por la boca. ― Mi amiga y yo tenemos que irnos. No puedo darte mayor explicación, pero la próxima vez que veas a Alice te conviene olvidar que esta conversación ocurrió, pues ella así lo hará. ¡Adiós!
Sin decir más, Claudia corrió por las mochilas de ambas y arrastró a Alice fuera de la escuela.
― ¿Por qué hemos salido de clases, Claudia? ―Preguntó Alice, mientras caminaban rumbo al estacionamiento en que el  claudiusmovil les esperaba. ― Esto no será bueno para nuestros registros de asistencia y tampoco para las lecciones que nos perderemos.
― Porque ahora mismo no eres tú, y estabas coqueteando con ese sujeto. Créeme, cuando vuelvas en ti me lo agradecerás.
― ¿Marco? ― La chica ladeó la mirada, con el dedo índice sobre sus labios, pensativa. ― Me parece un chico lindo… ¿crees que le guste? Aunque es guapo… seguro tiene novia, ¿no?
― Alice hablando de chicos… ― Resopló. ―  Pensé que iba a estar muerta para cuando esto ocurriera.
― ¿Tú tienes a alguien que te guste, Claudia?
Claudia justo se encontraba luchando por abrir la puerta del auto cuando Alice preguntó esto, se detuvo en seco. Hubiese parecido petrificada de no ser por el temblor cálido de sus dedos.
―… ¿En verdad vamos a hablar de esto? ― Preguntó entonces, con la mirada gacha. Sus ojos estaban ocultos bajo el fleco de su peinado.
― ¿No podemos? ― Preguntó Alice, arqueando la mirada. ― Somos amigas después de todo… se supone que podemos hablar de todo, incluso, no… sobretodo de chicos…
― Es solo que… desde que te conocí me hice a la idea que mi amistad contigo implicaría cosas distintas… y una de las cosas a las que renuncié fue a las charlas de chicos, pues sé que a ti no te llaman la atención, y al menos en los próximos 50 años así seguirá siendo… ¿en serio quieres hacer esto? Es algo fuera de tus límites, Alice… no tienes porque hacerlo.
― Claudia… ― Esbozó Alice, dulcificando su rostro, maternal. ― ¿Qué es lo que tienes que contar?
Claudia guardó silencio un par de segundos, dubitativa.
― Bueno… yo…
Un ruido sordo la hizo detener el habla. Al levantar la mirada pudo ver como su amiga se desplomaba inconsciente en el suelo tras chocar de frente contra el cristal de la puerta del copiloto. Finalmente había colapsado tras el exceso de vitaminas. Claudia sonrió.
―… Mejor te llevo a tu casa. Y esa abolladura que acabas de hacerle al auto con tu cabezota vas a pagarla cuando seas escritora publicada, ¿eh?…

Al día siguiente se darían a conocer los títulos de las 20 obras participantes en el concurso.

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