Lo Último

13 mar. 2012

Amo a Zack! (Creo) (5/??)


“Todo tiene un inicio, Zack… eso lo sabes, ¿Cierto?”
Capítulo 5: El momento (Primera parte)
1978, Texas
― Otro día nublado ― Murmuró Fred, sin separar la mirada del televisor (recientemente comprado con la ayuda del sacrificio económico de toda la familia). En ese momento transmitían la serie del momento: “los duques de Hazard”, recientemente estrenada.
― De todas formas no tenías planeado ir a ningún lado ― Bufó James, con una sonrisa burlona. ― Voy a hacerme un emparedado, ¿quieres uno?
― Gracias… ¿Y por qué supone mi hermanito que no tengo planes para esta noche?
James se alejó para sacar las cosas necesarias del refrigerador y la alacena, volvió después de unos segundos, Fred esperó paciente.
― Simple ― Reinició, mientras procedía a untar mayonesa en los panes. ― He ganado el auto por toda la semana, ¿Lo olvidas? Te salvé el trasero con el asunto de Steve Chuck.
― ¿Y tú solo has elegido una recompensa? ― Fred despegó los ojos del televisor y dedicó una mirada irónica a su hermano menor. ― Que considerado de tú parte. De haberlo sabido mejor me hubiera negado y hubiera permitido que me golpearan.
― No seas así, hermano… sabes que es una noche especial para mí.
Fred suspiró, con mal humor.
― Desde que tienes novia todas las noches son especiales para ti, abusas de mi nobleza, eso es todo
James guardó silencio por un par de minutos, preparó los emparedados con queso en dos platos y sacó un par de pepinillos del frasco, amablemente cedió el más grande para el que no era suyo.
Entregó a su hermano el plato por encima del sofá donde descansaba, él no dio las gracias.
― Haría lo mismo por ti ― Aseguró James apenas tomó asiento en el sofá, al ver que su hermano no respondía.
― De eso no me queda duda ― Fred se encogió de hombros. ― Pero sabes que yo nunca quedaré cegado por una sola mujer.
― Eso puede guiarte a morir solitariamente, Fred… nuestra juventud no durará para siempre.
Fred por segunda ocasión separó su atención de los duques de Hazard, arqueó una ceja para su hermano menor.
― ¿Qué ha hecho esa tal Eva Carton en ti, James? Si te escucharan hablando así en la escuela perderías la reputación… incluso yo me hundiría contigo.
― ¿El amor puede arruinarme?  ― James se mostró escéptico. ― Bueno… sea como sea, siempre y cuando Eva siga a mi lado, todo estará bien.
― Te cedo el auto por un mes entero si me dejas de soltar cursilerías por el resto de nuestras vidas.
James meditó aquella posibilidad por un par de segundos, luego respondió con una sonrisa burlona:
― No gracias, ¿Sino soy yo quién te llenará de miel?
― Te recuerdo que la diabetes es una enfermedad muy peligrosa, no deseas matar a tú hermano, ¿o sí?
― Solo  a veces ― Admitió, sonriente. ― Pero ahora mismo deseo darte un beso en la boca.
― ¿Y a que se debe tan incesto-homosexual deseo?
― Porque acabas de aceptar cederme el auto.
― No, no lo hice.
― Si, si lo hiciste.
― Estás interpretando mis pocas palabras a tu conveniencia, peor aún, estás malinterpretando la ligereza de mis respuestas y las deformas a tu gusto.
― ¿Estás seguro de que no es simple casualidad? Es probable que tus palabras se apeguen a mi conveniencia, a fin de cuentas nuestros gustos son bastantes parecidos, por algo somos los hermanos más famosos de la ciudad.
― No somos tan parecidos en gustos ― Negó, dando un mordisco al pepinillo.  ― Contrario a ti, pequeñajo, yo nunca me dejaría domar por una rubia, sobre la fama cargas razón, pero igual no es eso de lo que estamos hablando.
James resopló, a la hora de utilizar la astucia en un duelo de palabras siempre terminaba topándose con un muro si su hermano era el contrincante, no obstante; el cargaba con una ventaja extra que solo él tenía, y la usaría en ese mismo momento.
― Somos familia, hermano… ¿Qué dices?
Cuando Fred y James aún eran unos niños, hubo un momento en que su familia entró en crisis: su padre cayó enfermo y fue incapaz de seguir trabajando en la planta de petróleo. Pese a que su madre consiguió algo de dinero lavando y planchando ropa ajena, había días en que la comida tristemente faltaba en la mesa, eran días difíciles en la familia Mosh.
Por aquellos días, su padre, que aún luchaba por recuperarse, se encargó de alimentar a su familia de la única forma posible (y quizás también de la más adecuada): de la forma moral.
Estaba convencido de que en tiempos duros la unión era vital, aseguró a los suyos que juntos nadie podría derribarlos, dio un valor máximo al apellido, inspiró respeto y orgullo para el valor familiar y convenció junto con su esposa a sus pequeños a que solo la grandeza podría esperar a quienes portaran el Mosh en su pasaporte. De esta forma, la familia fue capaz de soportar aquella ola de crisis durante 5 o 6 años, hasta que su padre se recuperó y fue capaz de cooperar nuevamente en la economía del hogar.
Desde aquellas fechas se les quedó grabado a los dos retoños del buen Ian Mosh y de su fuerte esposa, Alma Mosh, una fuerte solidaridad con los suyos. Las reglas eran simples: la familia iba por sobre todo, pues sin familia no existe unión, y sin unión… no hay nada.
― Está bien ― Accedió Fred, cubriéndose el rostro con pesadez. ― Pero tendrás que llevarme a Roger´s antes de ir a recogerla e ir a recogerme cuando la dejes en su casa, no pienso quedarme en casa un viernes por la noche.
― Te has conseguido un trato con el Mosh más apuesto ― Sonrió James.
― Quizás ― Admitió, divertido por la confianza del más chico. ― Pero recuerda que a mi lado eres un analfabeto lamentable. Verbo mata cara, no lo olvides nunca… además de que feo no soy… guapo y letrado, ¿El más letal? Seguramente así es.
― Deja de presumir y vete a bañar, ¿O me vas a dejar ducharme primero?
― ¿Para qué te acabes el agua caliente? ― Se puso de pie al instante y aprisionó el sándwich en su boca. ― ¡Nunca! Ahora, mientras me ducho, ponle mucha atención a lo que pasa en el programa… quiero saber que trama Tim robando el auto de los muchachos.
Dicho esto, Fred corrió escaleras arriba y dejó a su hermano con una mirada divertida. Finalmente hizo lo que su hermano le ordenó: se recostó en el sofá y se puso a mirar televisión.
O eso hizo al menos por unos 20 segundos…
Fuertes ruidos, algunos gritos y otras anomalías captaron su atención; todo el ajetreo provenía de la calle... no era día de recoger la basura y que él supiera no era fecha santa… ¿Qué podría estar pasando entonces? Era preciso ir a investigar. Se puso de pie y salió a investigar.
Vivían en un pacifico fraccionamiento a las orillas de la ciudad con apenas unas 10 residencias que formaban una rosca de pavimento justo en el centro. Cuando eran niños, Fred y James solían jugar hockey y baseball aprovechando la extensa sección de asfalto que apenas y era cubierta por unos 3 o 4 autos. En ese preciso momento no había 3 o 4 autos ahí… pero si había un camión de mudanza estacionado exactamente en el extremo opuesto a la residencia Mosh, varios empleados bajaban el contenido a velocidades asombrosas.
― Oh, no… ― Se lamentó James al instante. ― Van a mudarse en la casa abandonada… ¡Diablos!
La casa abandonada: la única residencia del fraccionamiento que estaba sola al momento. Durante los primeros años de existencia del lugar, una mujer muy vieja solía vivir ahí, no obstante el desgraciado de su hijo decidió meterla en un asilo y tratar de vender la propiedad por su cuenta, pero con el paso de los años se volvió evidente que eso no pasaría. Al ver que la casa no era vendida ni habitada por nadie, Fred y James, ahora entrados en la adolescencia, se decidieron a hacer de ella una mini fortaleza secreta: escondieron bebidas, cigarros, revistas y otras cosas varias en ella e invitaban a pasar el rato con ellos únicamente a sus más cercanas amistades… todo eso ya no sería posible (evidentemente) si había gente viviendo en esa casa. Peor todavía, ¿Qué pasaría con el licor guardado? ¿Debía sencillamente darlo por perdido?
 No, eso nunca… no para un Mosh alcohólicamente determinado.
James puso su “rostro de chico bueno”, se fajó bien la camisa, se acomodó el peinado y caminó con paso decidido hacia el camión de mudanza, donde una pareja muy joven (unos 34 años cada uno) supervisaba con cuidado que los empleados no maltrataran sus cosas.
El padre tenía un rostro duro y la mujer uno muy amable, viva prueba de la gran variedad de tonalidades que uno se encuentra y se seguirá encontrando en el mundo.
― Buenas tardes ― Saludó James apenas estuvo frente a la pareja, extendió su mano con propiedad y dedicó una amplia sonrisa para los que al parecer serían sus nuevos vecinos. ― Mi nombre es James Mosh, soy hijo de Ian y Alma Mosh de la residencia 6, como vi que se estaban mudando decidí venir a darles la bienvenida y a prestar mi ayuda en lo que sea necesario.
Los dos intercambiaron miradas, sorprendidos y satisfechos. Fue el hombre quién respondió al apretón de manos del muchacho.
― Mucho gusto joven, somos los Green, yo soy Albert y esta es mi esposa Linda, agradecemos tú bienvenida y tú disposición, pero como puedes ver, los de la mudanza tienen bien manejado todo, no queremos causar molestias.
― Oh, no es molestia en absoluto ― Insistió James, con calma. ― Sé lo difícil que es mudarse y si pudiera yo ayudarles a disminuir la carga me sentiría halagado.
Ambos intercambiaron miradas, la mujer esbozó una sonrisa insinuadora y se encogió de hombros, James se dio cuenta de inmediato que a su esposo no le gustó la idea que se le ocurrió a su mujer, pero no se negó en absoluto ni en gesticulación ni en dialogo.
― ¿Sabes? ― Comenzó la mujer, una vez recibió la neutral insatisfacción de su esposo. ― Nuestra hija Crystal ahora mismo se encuentra metiendo cajas a su habitación, ¿Por qué no vas y le echas una mano? Somos nuevos en el pueblo y no conoce a nadie así que un nuevo amigo le vendría de lujo…
James sonrió, satisfecho.
― ¡Excelente! entonces, si me disculpan, iré a ver en que puedo ayudar a su hija. Con su permiso, y nuevamente… ¡Es un gran placer conocerlos!
 Se alejó con un paso ligero y sencillo, dejó que los de la mudanza le rebasaran a cada que aparecían con una carga con dirección a la puerta y una vez tuvo la oportunidad: entró.
― Fase uno, completada ― Presumió, al instante en que tomaba las escaleras y subía al segundo piso. ― Ahora todo lo que necesito es llegar a la habitación donde tenemos todo guardado, tomar lo que pueda y…
Giró el picaporte de hierro oxidado pasando por alto el molesto sonido de falta de uso por los años y empujó hacia el frente sin imaginar lo que le esperaba al otro lado.
¿Cómo describirla en una palabra si con mil no sería suficiente? Fue espontaneo, fresco, novedoso, sorpresivo… pero sobretodo… indudablemente bello.
― ¿Necesitas algo? ― Preguntó ella, que sostenía en sus manos una caja sellada con cinta gris. ― No eres de la mudanza, ¿o sí?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido al mejor blog del universo!

Puedes seguirme en las redes sociales o suscribirte al feed.

¡Suscríbete a mí blog!

Recibe en tu correo las actualizaciones de mis relatos y cuentos. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.