Lo Último

7 oct. 2012

Cuando comenzamos a vivir juntos! (Creo) (4/??)


En el capítulo anterior de “Perdidos en Texas”:

― Estoy harto de este infierno… ― Murmuró Morgan, mirando con desprecio aquella enorme muralla que le privaba de la libertad. ― ¿Cuántos años habrán pasado ya desde que fui encerrado aquí?
La vida en una prisión no es vida… para todo hay límites, para todo hay reglas… lo peor de todo, es que los guardias no son la mayor autoridad del lugar… a quienes en verdad debes de respetar cumpliendo las normas, son a los presos de mayor influencia y respeto.
Para Morgan, estar preso era un infierno en vida. Tenía muchos acechadores, enemigos y prepotentes compañeros de celda… más de una vez le había tocado ser golpeado por un simple malentendido que él ni siquiera había buscado… siempre era así… en la prisión “comisaría de la ciudad”, siempre era así.
― ¡Ya págame el dinero que me debes! ― Le ordenó Charles, el líder de los blancos entre los presos. Que sin darle derecho a réplica le golpeó en el estomago con fuerza. ― ¡Volveré mañana, si aún no has reunido todo para ese entonces, voy a matarte! ¿De acuerdo?
Morgan se quedó tirado en el suelo; no era la primera vez que le golpeaban hasta dejarlo sangrando y con dificultad para ponerse de pie… y de seguir ahí unas horas más, tampoco sería la última…
Resignarse parecería cosa difícil, pero cuando uno pierde las aspiraciones, es imposible mantener el espíritu de hierro que te caracteriza a lo largo de la vida… desde hace tiempo ya que Morgan no tenía deseos de seguir viviendo.
Fue entonces, que estando en el peor de los estados… le conoció.
Un chico rubio, de actitud seria e indiferente.  Llegó ahí un par de semanas antes acusado de haber asesinado a una anciana, vecina de su departamento; al parecer, pensó que sería divertido atarle las agujetas de los zapatos unas con otras sin que se diera cuenta… claro, que cuando la mujer cayó por las escaleras, dejó de reír.
― Escucha, Morgan… ― Murmuró, sin volverse para mirarlo a los ojos. Le ofreció un cigarrillo, Morgan aceptó. ― Sé que odias estar aquí… tanto, o más de lo que yo lo hago.
― ¿Has venido para hablar de obviedades con alguien que acaba de recibir una paliza? Qué estúpido.
Él rió, Morgan le encaró, con mal humor.
― Conozco a alguien que puede sacarnos de aquí.
Abrió sus ojos como platos, mirando nuevamente a aquel chico rubio que miraba con nostalgia al horizonte, fuera de las paredes aprisionadoras. ¿Era en verdad posible que alguien desconocido llegara y pusiera ante él la posibilidad de abandonar para siempre su tormento?
Bueno, Morgan no tenía nadie más en quién creer.
― Está bien ― Asintió. ― Sea lo que sea, estoy dentro… salgamos de este agujero, eh…
― Junior ― Se presentó. ― Mi nombre es Junior… y ya verás, seremos libres al amanecer.

Esa misma noche, Junior forzó a Morgan a meterse a un agujero que había debajo del escusado mientras aún estaban las luces encendidas, los guardias tuvieron que jalarlo entre todos para poder liberarlo. Le aumentaron 10 años de condena a Morgan por intentar escapar y recibió una enorme paliza al día siguiente por parte del líder de los blancos… después de esto, Junior dejó de hablarle, apenado por el fracaso.

¡Y ahora, el nuevo capítulo de “Perdidos en Texas”!

Capítulo 4: “Sobre el interrogatorio, sobre las fumadas de Emi y sobre la furia de Ellie… ah sí, y sobre el policía malo y el policía bueno.”

(Texas, día 1, en algún lugar del aeropuerto internacional)

Por muy extraño que les suene, el estar esposado y atado a una mesa, en una pequeña habitación oscura con otra iluminación que una lámpara de escritorio que era usada como arma intimidadora de interrogatorios no era un ambiente nuevo para mí. Lo que si era un ambiente nuevo, era ser incriminado falsamente por tratar de robar un mono propiedad de aduana y que se me acusara de complicidad con una completa extraña que no paraba de decir:
― ¡Somos inocentes, inocentes les digo!
― ¡BASTA CON ESO! ― Gritó, amenazante Edward con un golpe a la mesa que estremeció incluso a su colega. ― ¡Exijo que me digan que pretendían hacer una vez tuvieran al mono fuera del aeropuerto! ¿Querían venderlo a los traficantes de pieles? ¿Entrenarlo para entregar droga como ese simio de qué pasó ayer?
― Oficial ― Resoplé, tratando desesperadamente de reunir toda mi paciencia ya gastada con anterioridad en mis otros intentos fallidos de darme a entender. ― Le he dicho hasta el cansancio que yo, uno: no trataba de robarme al mono y dos: ¡NO TRABAJO CON ESTA LOCA!
 Seguro se preguntarán cómo es que sé que el sujeto se llama Edward, bueno, la razón de ello es que…
(Una hora antes…)
― Están en calidad de detenidos por la fuerza de seguridad del aeropuerto por robo a aduana ― Nos explicó un sujeto alto y delgado de piel morena y cabello y peinado natural oscuro. Él fue uno de los que estuvo en mi inesperado arresto, de hecho fue el que se lanzó sobre mí como un maldito salvaje. ― No están obligados a responder ni una sola pregunta hasta que contactemos con las autoridades policiales y/o consigan un abogado, pero eso puede provocar que el proceso de su castigo sea más largo… entonces, ¿Les molestaría por favor responder a las preguntas que tenemos para hacerles?
― Eres el policía bueno, ¿No? ― Pregunté una vez me quitaron la capucha de la cara (así es, los malditos me pusieron una capucha para que no pudiera ver a dónde íbamos)
― Se podría decir que sí, así es ― Respondió al instante, con una sonrisa. ― Y este que ves aquí, es mi amigo Edward, el policía malo.
Era un joven con cabello castaño claro que vestía con un traje de seda color gris oscuro y una corbata roja, su rostro era prepotente, de aquellos que con solo observarte te dicen “Voy a joderte y no puedes hacer nada para evitarlo”.
― Mi nombre es Edward ― Se presentó, acercándose a pasos seseantes. ― Y si no hablan YA con sus razones, voy a encargarme de que se pudran en la cárcel por AÑOS enteros.
― ¡SOY INOCENTE, INOCENTE LES DIGO! ― Chilló la chica a mi lado; agitando su cuerpecillo, como tratando de liberarse de las esposas. ― ¡INOCENTE!
Edward golpeó la mesa, crujió. Evidentemente la pobre tenía el trabajo de sufrir numerosos golpes una y otra vez.
― No tenemos todo el día ― Enfocó la lámpara de escritorios a nuestros ojos. ―  ¿De acuerdo?
― De acuerdo ― Asentí, esta vez dispuesto a soltar todos mis argumentos. ― Les diré todo lo que yo sé: soy inocente, yo no hice nada, esta chica me vio pasando mientras corría con la jaula y me la dio en medio del pánico. Luego salió corriendo y ustedes me arrestaron. ¿Bien? Soy completamente inocente, y todo esto es un malentendido.
Los guardias intercambiaron miradas, por lo que interpreté en sus gestos, ambos parecían abrir una posibilidad en su mente a mi inocencia. Sonreí, si todo salía bien, estaría libre en unos pocos minutos y no habría represalia alguna.
Por desgracia, como ya les dije antes, si todo hubiera salido bien, esta historia no existiría siquiera.
― ¿Es verdad lo que él dice? ― Preguntó Edward a la chica responsable. ― ¿Es verdad que solo le diste la jaula en un momento de pánico?
Me volví a ella: tenía el rostro en blanco, pero sus labios vibraban. Cuando sus ojos comenzaron a temblar como si estuviésemos siendo víctimas de un temblor de aquellos de catastróficas proporciones, supe que la cosa iba a bailar con la más fea.
― ¡SOMOS INOCENTES, INOCENTES LES DIGO! ―
― ¡HIJA DE P…! ― Aquí, convenientemente, despegó un avión justo a nuestro lado, así que mi grosería quedó sepultada. ― ¡Ella no es inocente, YO LO SOY! ¡Díselos!
― ¡SOMOS INOCENTES, INOCENTES LES DIGO!
― ¡Silencio! ― Nos ordenó el policía bueno. ― A ver… ¿Zack Mosh, cierto?
― Así es ― Asentí, frustrado.
― ¿Qué hacías en el aeropuerto? ¿En ese preciso momento, en ese preciso lugar?
Puse los ojos en blanco.
― Un tipo nos chocó a mí y a mi novia a unas calles de aquí, y el maldito escapó de nosotros porque según él era el representante de Lee Brice, el cantante de country. Así que dejé a mi novia esperando a los del seguro y vine a encontrarlo porque sin él presente los del seguro se van a poner pesados
Emi (vamos, que en ese momento yo aun no conocía su nombre, pero ya me cansé de referirme a ella de tantas formas) me miró con los ojos entrecerrados cuando terminé de hablar, sus labios parecieron haber esbozado algo así como un “lo sabía”. En realidad esto solo me frustró, ¡¿Si lo sabía, porque mejor no decía que yo no tenía nada que ver y todos felices?! Bueno, tal vez ella no tanto, ¡Pero yo sí!
Para mi sorpresa, la suya no fue la reacción más inesperada, pues los guardias (el bueno y el malo) empezaron a reírse como verdaderos lunáticos. En verdad, no bromeo, el policía malo incluso se cayó al suelo de tanta risa. Emi y yo intercambiamos miradas, incrédulos.
― Por favor ― Aproveché para decirle a Emi, en voz baja. Fui serio, conciso y suplicante al mismo tiempo, así de impresionante soy. ― Voy a estar en muchos problemas si no dices la verdad.
― ¿El representante de Lee Brice los chocó estás tratando de decirnos? ― Dijo el policía bueno, aún riéndose a cada tantas. ― ¡Por favor! Lee Brice no es tan famoso, no debería de necesitar un representante.
― ¡Pues lo tiene! ― Le aseguré, frustrado. ― O al menos él decía serlo.
― ¡Qué absurdo! ― Se adelantó Edward. ― Aunque sí, Lee Brice aterrizó en la ciudad esta mañana.
Me hubiera golpeado en la frente de haber podido.
― ¿Ve? ― Le di la razón, insistente. ― Eso significa que mi historia es real, y que soy inocente.
― De hecho eso solo te mete más en el asunto ― Corrigió el policía bueno, acercándose en la mesa. ― ¿Sabes por qué? Porque el mono pertenece justamente a Lee Brice.
― Oh, ¡Tienes que estar jodiéndome! ― Estrellé la cabeza contra la mesa, con pesadez. ― ¡De cualquier forma eso no tiene nada que ver!
― ¿Cómo no va a tener nada que ver? ― Ambos policías se acercaron a mí con una ceja levantada. ― ¿No es obvio?
― De acuerdo, chicos… debo decir que cuando hablan al mismo tiempo y con tanta sincronización dan bastante miedo… ¿pueden dejar de hacerlo?
― Nos tomó mucho tiempo llegar a estos niveles de perfección ― Presumió el bueno. ― Tenemos ya 5 años trabajando juntos, y ya que esto asusta muchísimo a los criminales, lo hacemos muy seguido para que confiesen sus culpas.
― Yo… no… soy… culpable. ¿Bien? ¡Ya les he dicho lo que pasó! ― Ya no sabía ni como exagerar mis gesticulaciones para demostrar la impaciencia y desesperación que me agobiaban en ese momento. ― Tengo lo que llaman “una coartada” valida.
Ambos intercambiaron miradas, de una forma tan intensa que parecían homosexuales. Se los digo, había un fuego en la mirada de esos dos que era muy sospechosa.
― Tú coartada es bastante valida a simple vista, si. ― Admitió Edward. Golpeando la mesa una vez más. ― O eso diría de no ser porque ¡TIENE UN AGUJERO ENORME DE INFORMACIÓN AL CENTRO, CÓMO UNA DONA!
Parpadeé un par de ocasiones y ladeé la cabeza.
― ¿Cómo una dona? ― Repetí, con acento irónico. ― ¿En serio?
― Así es. Cómo una dona.
― ¿Cómo el alimento? ― Insistí. ― ¿En serio?
― Yep.
― ¿No se te ocurrió otra analogía de comparación más impactante?
― La analogía de la dona está bien. ― Se defendió.
― No, no lo está ― Le corregí, negando con la cabeza gacha. ― Las donas no son intimidantes, no tienen ese punch que requieren las frases populares. Ya sabes, como el famoso “Te atrapamos con las manos en la masa” o “Scooby dooby doo”.
― Tiene razón, viejo ― Coincidió el policía bueno. ― Ha de haber mejores analogías que esa por ahí…
― Seguramente a ti se te ha de ocurrir una mejor analogía, ¿eh? ― Me encaró Edward, molesto por haberlo puesto en evidencia con su… “compañero” (lo pongo entre comillas porque les juro que esos parecían ser algo más). ― ¿Te crees muy listo, eh chico rudo?
― Bueno ― Me encogí de hombros. ― Sin pensarlo mucho ahora se me viene a la mente que pudiste decir “tú coartada es 0bastante valida a simple vista, si… o eso diría de no ser porque ¡ESTÁ CUBIERTA DE NIEBLA COMO UNA MISTERIOSA MADRUGADA EN LA COSTA! ¿Ves? De esa forma suena genial y das a entender que mi coartada tiene puntos ciegos.
― Suena bastante genial, Zack. ― Admitió el policía bueno. ― Mi nombre es Pepe, por cierto.
― Gracias Pepe. ― Hice una reverencia. ― Si no tuviera las manos esposadas imitaría aquel comercial de Pepe el generoso que pasan en los canales esos de habla hispana, donde la viejita choca su puño cerrado a su corazón dos veces y luego señala a Pepe mientras dice “PEEEPEEEEEEEE”.
― ¡Siempre he querido que hagan eso conmigo! ― Confesó Pepe, esbozando una sonrisa de oreja a oreja. ― ¡Pero ya nadie ve los canales de habla hispana, ni siquiera los mexicanos! Cuando les he hablado de ese comercial siempre me dicen “Shut up hombre”.
― ¿Por qué socializas con el criminal? ― Preguntó Edward, en tono seco y resentido (les juro que parecía celoso). ― ¿Te gusta juntarte con pandilleros?
― Eh… ― Me interpuse. ― Solo quisiera aclarar que no soy un pandi…
― ¡TÚ COARTADA TIENE UN AGUJERO DE INFORMACIÓN ENORME COMO UNA DONA, MOSH! ― Me interrumpió Edward. Incluso Pepe se estremeció. ― ¡Así que hasta entonces eres y seguirás siendo tratado como criminal!
Pepe y Edward se pusieron a discutir entre ellos en voz baja. Suspiré y emití un rugido de frustración. Sacudí la cabeza, la recargué sobre la mesa al frente y la moví alrededor mientras la agitaba con fastidio (todos los malpensados que se imaginaron algo sucio aquí favor de hacer una donación de $5 como mínimo a cualquier fundación que se encargue de ayudar a los niños huérfanos de la guerra o al atendimiento de hombres adultos con calvicie terminal).
Recordé que no estaba solo. Me volví a mi izquierda y miré de reojo a Emi. Miraba al suelo con desinterés, y parecía estar sumida en sus pensamientos con asuntos ajenos a lo que nos estaba ocurriendo en ese momento. Tal vez estaba pensando en que animal exótico robaría a continuación, o a que inocente inculparía a continuación.
― Maldita perra ― Pensé. (Escritora de Emi, favor de no enojarse conmigo; entienda usted que la situación daba para llamarla maldita y para acusarla de perra). ― ¿Por qué se le ve tan tranquila? ¿Es que no le importa lo que nos pase?
(Una hora después…)
Y volvemos al inicio…
― ¡Somos inocentes, inocentes les digo!
― ¡BASTA CON ESO! ― Gritó, amenazante Edward con un golpe a la mesa que estremeció incluso a su colega. ― ¡Exijo que me digan que pretendían hacer una vez tuvieran al mono fuera del aeropuerto! ¿Querían venderlo a los traficantes de pieles? ¿Entrenarlo para entregar droga como ese simio de qué pasó ayer?
― Oficial ― Resoplé, tratando desesperadamente de reunir toda mi paciencia ya gastada con anterioridad en mis otros intentos fallidos de darme a entender. ― Le he dicho hasta el cansancio que yo, uno: no trataba de robarme al mono y dos: ¡NO TRABAJO CON ESTA LOCA!
― ¡Seré solo un guardia de seguridad pero has de llamarme oficial, joven!
― ¡¿QUÉ?! ― Solté un quejido que inundó la habitación entera. ― ¡ESO ES LO QUE HICE! ¿Ve lo que pasa? ¡Hemos estado dando vueltas en lo mismo una y otra vez al punto de que ya se ha quedado sin argumentos!
― ¡Y YO NO ESTOY LOCA! ― Gritó Emi, enseñando los dientes.
Edward, Pepe y yo nos quedamos viéndola en silencio durante unos 15 segundos. El ambiente se puso algo extraño. Ella se sonrojó.
― Es que de pronto me sentí fuera de la discusión y quería recordarles que estaba aquí. ― Confesó, agachando la mirada. ― Continúen por favor, no se detengan por mí.
― ¡NO TRABAJO CON ESTA! ― Grité.
― ¡INTENTARON ROBARSE AL MONO, AL MONO! ― Gritó Edward.
― ¡SOY INOCENTE, INOCENTE LES DIGO!
― Por favor no griten ― pidió Pepe en voz baja, carraspeando. ― Creo que esto ya tardó más tiempo de lo que debía de tardar… Aduana hace media hora ha dicho que no presentará cargos, dado que no son mayores de edad siquiera así que…
― ¡Pero estos dos esconden algo, Pepe! ― Se defendió Edward. ― ¡ES NUESTRO DEBER HACER JUSTICIA!
― ¡NO, NO LO ES! ― Me interpuse. ― ¡Su deber es vigilar que nada pase en el aeropuerto!
― ¡JAJAJAJÁ, AHÍ LOS BAILÓ SABROSO! ―  Se burló Emi, que cada vez que veía su liberación más cerca comenzaba a interactuar más.
Nuevamente la miramos en silencio. Ella volvió a agachar la mirada y se quedó calladita.
― Yo solo decía… ― Me pareció oírle murmurar.
― Suéltalos, Edward. ― Pidió Pepe, con seriedad. ― Si nos retrasamos más, no podremos ir al bar a comer nachos y a ver el partido.
― ¿Al bar? ― Preguntó Edward. ― Creí que hoy tu y tú esposa…
― No. ― Agachó la mirada y suspiró con notoria decepción. ― Me ha cancelado esta mañana, así que pensé que podíamos seguir con la tradición, si no te molesta.
Sean serios. ¿En serio soy el único que piensa que eso fue ultra gay? ¡Hasta tenían historia, tradiciones y una esposa despreocupada inmiscuida! El rostro de alegría de Edward se dejó notar por unos instantes, pero se contuvo y volvió a su acostumbrada seriedad.
― Claro amigo. ― Se encogió de hombros. ― Entonces… voy a liberarlos.
Tomó un llavero de su bolsillo y nos liberó de nuestras esposas.  Mientras me liberaba se acercó a mí oído y me susurró:
― Te estaré vigilando, Mosh… si vuelves a cometer un crimen en mi aeropuerto vas a pagarla caro.
― ¿Por qué la amenaza? ― Pregunté, agitándome la oreja para quitarme la horrenda sensación del aliento masculino en ella. ― ¿En serio no cree en mi inocencia?
― Para nada… no eres el primer Mosh con el que me enfrento.
Normalmente hubiéramos cruzado miradas de forma desafiante uno al otro para crear una rivalidad cool, pero yo estaba cansado y fastidiado. Además de que sabía que allá afuera me esperaba una novia preocupada, un hermano molesto y tal vez un cheque muy flaco por parte de los del seguro debido a que no pude encontrar al hipster. Conociendo a Chelsea, tendría reclamos e insultos para mí por haber pedido a Ellie que me llevara al aeropuerto.
Esperé unos cuantos minutos más a que me devolvieran mis cosas y salí de la habitación trotando. Mi cuerpo estaba débil; tenía hambre, me dolía la cabeza y me temblaban las manos. Traté de encender mi celular, pero ya no tenía batería… ¿qué debía de hacer? Ya habían pasado más de 2 horas desde que me había alejado de Ellie, así que era improbable que siguiera en el mismo lugar del accidente, pero por otro lado la posibilidad estaba latente. Al final, decidí ir ahí a revisar.
Era tal como lo esperaba. Ahí ya no estaban ni el auto de Chelsea, ni Ellie. Por otro lado, ahí seguía el auto del hipster.
Me tiré en el suelo con preocupación. ¿Estaría Ellie bien? ¿Habría conseguido un buen presupuesto del seguro? ¿Habría llegado su mamá pronto a recogerla? ¿Estuvo buscándome todo este tiempo apenas se libró de los del seguro? Lo que menos deseaba era crearle problemas, pero habiendo desaparecido por tanto tiempo parecía imposible no hacerlo… el asunto era, ¿Cuántos problemas?
Estaba yo sumiéndome en mis pensamientos negativos con los ojos cerrados cuando una sombra detuvo la insistente y pegajosa sensación del sol golpeándome en el rostro. Abrí los ojos con extraño. ¿Sería Ellie?
No. En realidad, era la persona que menos esperaba (y deseaba) volver encontrarme en ese momento… una tipa de cabello negro, ojos amarillos (seguramente de contacto, lo sé) y sonrisa despreocupada de nombre Emilia Llanos.
― Oh Dios no tú de nuevo… ― Cubrí mi rostro con ambas manos. ― ¿Vienes a plantarme droga en los bolsillos?
― ¡Míranos, haciendo bromas como grandes amigos que somos, JAJAJA eres muy simpático! ― Me golpeó la espalda con la palma abierta. Esto me molestó mucho pero no se lo dije. ― No creas que soy de las que normalmente va por ahí metiendo gente en problemas… bueno, sí… pero no de la forma en que crees.
― No me digas…
― ¡Si te digo! ― Insistió, tomando asiento a mi lado. ― De hecho, cuando te cuente lo que pasa seguro vas  a quedar impactado.
― Menos mal que no me interesa escuchar tu histo…
― TODO COMENZÓ cuando llegué esta mañana a la ciudad ― Me interrumpió. ― ¡Yo quería ir a París pero la maldita Hippie me envió aquí, así que traté de volver a Ciudad Grande pero resultaba que el boleto costaba más que los 300 dólares que me dio su prometido! Para complicar más las cosas, me enteré que Alex ya venía para acá. Entonces el tipo me ofreció que le agarrara el mono y me pagaría el vuelo, así que acepté pero ya sabemos cómo resultó eso, ¿no? ¡En fin, la hippie me dijo una serie de señales que apuntaron a ti! ¡Fue ella la que me dijo con sus poderes sobrenaturales que te diera la jaula! ¡¿NO ES GENIAL?!
Guardé silencio. Parpadeé incrédulo por varios segundos. Tragué saliva, miré la hora, me puse de pie y me alejé de ella sin decir nada.
― ¡¿A dónde vas?!
― Me queda claro que estás loca, así que voy a alejarme de ti. ― Respondí, sin darme la vuelta para mirarla y con una actitud indiferente.
― ¡Espera, espera, espera! ― Me ordenó, poniéndose de pie y alcanzándome a grandes zancadas. ― ¡No estoy loca! Yo tampoco lo creía al principio, ¡Pero todas las señales hablan por sí solas!
Gruñí y acaricié mis sienes con los pulgares. Solté una patada al suelo y la miré con fastidio.
― ¿De qué señales hablas?
Ella sonrió y levantó las manos para apoyarlas en mis hombros.
― ¡¿NO LO VES, ZACK MOSH?! ― Su sonrisa se extendió por todo su rostro, sus ojos se iluminaron de la emoción. ― ¡El destino quería que nos conociéramos! ¡Es tú destino ayudarme a extender mis alas para que ese maldito de Alex me respete como diosa que soy! ¡Era tú destino ser arrestado conmigo, para que así pudiéramos conocernos!  
Estaba a punto de responderle con un fuerte y conciso “Estás pero si bien loca, campeona” para después huir, atemorizado de ser apuñalado o algo, cuando a mis espaldas pude escuchar una harmoniosa voz conocida de sobra para mí… lamentablemente, su tono de voz no era alegre o preocupado… era molesto y repleto de decepción… ese tono en especial era más conocido de lo que me gustaría que fuera.
― ¿Estuviste arrestado de nuevo? ¿Por eso no aparecías?
Me volví lentamente en su dirección, cual condenado al matadero. Sabía que apenas nuestros ojos se cruzaran sus ojos molestos se encargarían de dañar aquel lugar en mi alma al que sus palabras no llegarían y viceversa. Tragué saliva y suspiré para liberar un poco de tensión. No tuvo efecto.
― Ellie… puedo explicarlo.
Continuará…

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