Lo Último

2 oct. 2012

El loco


Recuerdo que estaba con unos amigos en el parque aledaño al campus de la universidad, esperando a que llegaran a recogerme la primera vez que se le vi.
Un hombre alto, de aspecto desaliñado. Con una larga cabellera oscura y risada que le llegaba hasta el cuello. Vestía con una arrugada playera roja de largas mangas oscuras aun cuando estábamos en tiempo de calor, y sus pantalones de mezclilla tenían grandes agujeros en las rodillas.
No parecía un vagabundo. Calzaba zapatos enteros y le ayudaban a la vista unas gafas de armazón delgado que descansaban sobre su respingada nariz rojiza. Tal vez el dote más característico de su rostro moreno era la notoriedad que daban los cristales gruesos a sus adormilados ojos sin encanto y sin foco.
Su forma de caminar parecía rebosar de inseguridad. Agachaba los hombros, miraba al suelo y apenas y movía los brazos a cada paso que daba, e incluso sus movimientos de los mismos eran rígidos y forzados. Por su alta estatura, sus movimiento parecían más lentos y torpes de lo que se notarían en una persona de estatura promedio, y tal vez para disimularlo era que encorvaba un tanto la espalda hacia el frente en su paso.
En un principio no llamó la atención entre los estudiantes, aún era joven; tendría unos 26 o 27 años, así que encajaba a los estándares de algunos alumnos de ciencias sociales en cuanto a vestimenta, aunque no llevaba libros ni otra clase de materiales consigo.
Pasó de todos los presentes en el lugar, ni volteó a vernos cómo si nuestra presencia le tuviera sin cuidado (aunque para mí más bien me sonaba a que tenía miedo a tener contacto visual con alguien). Entró a la primera área verde que encontró desocupada y se recargó sobre un árbol. Sacó de sus bolsillos un cigarro grueso y un encendedor. Se quedó con la mirada en blanco mirando a la nada por un par de minutos, encendió el cigarrillo y se quedó fumando en tranquilidad, mirando el cielo con una expresión blanca en el rostro.
Cuando terminó de fumar, lo normal hubiese sido que se retirara de ahí y siguiera su camino. Pero no, se quedó en ese mismo lugar sin intenciones tempranas de irse, suspirando a cada tantas y ladeando su cabeza de extremo a extremo. Jugaba con sus manos, entrelazaba sus dedos con desaire y se tronaba las articulaciones. Cerraba los ojos por momentos, como si estuviese quedando dormido y los abría de nuevo con la misma calma con la que los había cerrado.
Aquel primer día fuimos pocos los que notamos su presencia, estoy segura de que si no hubiera regresado al día siguiente nadie hubiese nunca notado la rareza de su comportamiento, la lentitud de su caminar, la rigidez de sus actitudes ni la inquietante calma y paciencia con que se quedaba mirando a la nada por horas. Claro, él volvió a hacer acto de presencia al día siguiente, y al día siguiente a ese, y al resto de los días que le siguieron a ese.
Para mí se volvió un habito observarle llegar a diario para que hiciera su ritual diario de quedarse con la mirada perdida, y conforme pasaron los días fueron más quienes notaron su presencia incondicional en el parque apenas el reloj marcara las 3:15 pm. Así el calor fuera insoportable o así lloviera (en estas ocasiones lo noté mientras corría desde la cafetería hasta el estacionamiento para subirme al auto de mis padres), naturalmente el parque estaba desierto en medio del churrasco, pero eso a él no parecía importarle. Es más, tal vez incluso estaba más cómodo acompañado del aguacero que de un montón de estudiantes que poco a poco comenzaban a prestarle más atención de la que se debería.
Comenzaron a referirse a él cómo “el loco”. Estando en el campus imitaban su caminar y sus gestos para contarle a quienes aún no sabían de su existencia la clase de personaje que era, y cuando tenían la oportunidad de verle en el parque, no paraban de observarle para reírse de sus siempre desaliñadas vestimentas, de su crispado y desatendido peinado o de cualquier movimiento que pudiera hacer y que ellos consideraran anormal. Él no parecía enterarse de todo lo que su presencia generaba en aquel parque.
Si lo supiera, ya no vendría nunca más. ― Les dije en una ocasión a mis amigos cuando salíamos de una clase.
Empezaron a burlarse de mí, un par de amigos tomaron a mal cuando les expliqué que noté el primer día en que llegó al parque, y empezaron a referirse a él cómo mi novio. Esto no le causó ni una pizca de gracia a mi novio, aunque nunca se quejó al respecto.
Pasaron las fechas en el calendario, y la búsqueda de hacerse los graciosos de muchos estudiantes inmaduros bordeó el límite entre lo que eran las burlas inofensivas sin que él se enterara y lo que era el acoso. Se acercaban a él, imitaban su caminar cuando llegaba y se jactaban de ello en su cara. Él siempre les ignoró, ni volteaba a verlos, pero en su rostro se notaba que aquellas burlas lejos estaban de hacerlo feliz, aunque tal vez era sólo idea mía y su gesto en nada cambiaba. Es difícil saberlo.
Cuando imitarlo no fue suficiente, empezaron a acercarse para hablar con él. Le preguntaban porque venía aquí a diario, le pedían un cigarro, pedían permiso para tomarse una foto con él y en una ocasión incluso vi que le compraban un elote. Aunque era más que evidente que solo se burlaban de él, siempre les respondió con educación y tranquilidad, pasivamente permitió que todos se tomaran una foto con él, agotó su cajetilla de cigarros para saciar a todos cuantos se acercaron y aceptó el elote dando las gracias.
Para estas alturas, yo no estaba nada feliz con la forma en que frontalmente iban a molestarle, a diario agotaban sus cigarros y la forma en que se comportaban con él se tornó en una grosería a la sociedad. La gota que derramó el vaso fue el día en que un estudiante de segundo semestre en derecho le pidió que le encendiera un cigarro, él, servicial, aceptó; pero antes de que pudiera encender el cigarrillo, el alumno empezó a burlarse de que le temblaban las manos y todos quienes le acompañaban le siguieron la corriente. Pronto se vio rodeado de gente abusiva que no conocía y que se divertían a costa suya.
Le empujaron, le lanzaron trozos de papel, y luego comida. Le arrebataron su encendedor y lo lanzaron a la calle, le retaron a pelear y se burlaron a toda voz de sus reacciones a cada una de sus crueldades. No podía ver su rostro porque estaba rodeado, pero cuando supe lo que estaba pasando me puse de pie de inmediato y corrí en su dirección.
¡Déjenlo, cabrones abusones! ― Grité con todas mis fuerzas. ― ¡YA ESTÁN EN LA UNIVERSIDAD, INMADUROS!
Sentí por unos instantes cómo creo que se había estado sintiendo él todo este tiempo: en soledad, con miradas juiciosas de frente y a mis espaldas, con la presión de sentir cómo estaba a punto de pagar las consecuencias de no haber dicho o hecho nada malo y sin salida.
Pero alguien me tomó del hombro izquierdo, y también del derecho. Mi novio y mis amigos estaban a mí lado, haciendo segunda a mi confrontación, y más que eso. También, a distancia, un grupo de inconformes con el abuso también comenzaba a formarse. Gritaban entre la muchedumbre insultos denigrantes a quienes abusaban de alguien que no le hacía daño a nadie, e incluso hablaban de denunciarles para que les dieran de baja en la universidad por carecimiento de valores. Ahora el foco de atención y presión no era él, y tampoco era yo… eran quienes en verdad merecían ser observados.
Se fueron con la cola entre las patas y la tranquilidad volvió a apoderarse del parque. Varios se acercaron a él para verificar que estuviera bien y le pidieron perdón en nombre de todo el alumnado. Él respondió educado, y agradeció a cada uno de quienes tuvieron la amabilidad de pisar suelo por él. No conversó gran cosa con ninguno de ellos, aunque sus modales eran cordiales, dejaba en claro que solo deseaba estar tranquilo y en soledad.
Después de este incidente, él siguió yendo al parque a diario. Las burlas hacia él no se detuvieron, pero dejaron de acercarse para molestarle de frente, y su semblante tranquilo se mantuvo. Sus rituales diarios prosiguieron, y su estampa recargado en uno de los arboles con la mirada vaga se convirtió en una entrañable incondicional del lugar.
Tuve mi último examen como estudiante universitaria un día 15 de Diciembre. Luego de eso vendría mi graduación, mi titulación, mi búsqueda de trabajo y posteriormente mi unión a la sociedad cómo miembro productivo, pero antes… había algo que quería hacer desde varios años antes…
Revisé la hora en mi celular. Sabía que era mi última oportunidad, después mis visitas a la universidad pasarían a ser rápidas y sin horario fijo. No quería desaprovechar, caminé hasta el parque, y él estaba haciendo lo mismo.
Vestía una camisa de mangas largas azul claro a rayas rojas. Por ser tiempo de frío, llevaba un gorro de lana en color arena. Al igual que casi siempre: llevaba pantalón de mezclilla roto de las rodillas.
Tuve un poco de miedo en el instante en que me paré frente a él y detuve su avance, pensé en alejarme y en dejar mis intenciones detrás, en vivir con un misterio más sin resolver… ¿Pero eso no me convertía en alguien parecido a quienes le juzgaron y molestaron sin conocerle realmente? ¿No darme una respuesta no implicaba también unirme a aquellos a quienes temían y seguirían temiendo a lo desconocido? ¿No me jactaba yo de nunca haberme burlado de él? Bien, si quería cerrar mi accionar, había de dar un paso adelante.
Disculpa… ― Carraspeé un poco, mi voz apenas fue notoria. ― Quisiera hacerte una pregunta…
Él no respondió, pero estableció contacto visual conmigo. Cómo dando luz verde.
Quería saber… ¿por qué seguías viniendo a este lugar aún cuando todos te molestaban? No me lo tomes a mal, pero sé que a nadie le gusta ser víctima de abusos… ¿por qué seguiste presentándote aquí a diario?
Puedo jurar que esbozó una sonrisa en sus labios, aunque fue tan rápido que apenas fue perceptible y tan esporádica que me tomó por sorpresa. Quedé atónita inclusive antes de que me diera una respuesta.
No estoy loco, si es lo que preguntas… al menos no de la forma en que suponen. ― Murmuró. Claro y franco. ― Tampoco soy estúpido, lento, ido, drogadicto, vagabundo, trastornado, dolido, pervertido, exhibicionista, violador, brujo, retrasado mental o ex convicto que asesinó a alguien en este lugar y que ahora viene a diario por sentirse culpable cómo ya se ha especulado por aquí y por allá.
Abrí los ojos como platos. Me parecía impresionante que conociera todos esos rumores que se crearon a su alrededor, y me impresionaba más aún la tranquilidad con la que los mencionaba.
¿Entonces, qué eres? ― Pregunté, atónita.
En realidad soy un fantasma ― Respondió con seriedad. ― Morí hace 50 años en este preciso lugar mientras esperaba a que mí amada escapara de su boda para escaparnos juntos. Mientras esperaba, llegó el padrino de su prometido y me asesinó para que así ella se viera obligada a casarse de igual forma. Hoy día vago cómo alma en pena todos los días a la misma hora para ver si ella se presenta.
Solté una risotada, fue inevitable. El severo y casi invisible sarcasmo que brindaba a sus comentarios, en una a la seriedad de su voz era impresionante.
Creo que formulé mal la pregunta ― Me disculpé. ― Me refiero a lo mismo del inicio: ¿Por qué vienes aquí a diario? ¿Por qué es tan importante venir a un lugar donde te molestaban, quitaban cigarrillos y donde aún se ríen a costa tuya?
 Pensó por un par de segundos y se cruzó de brazos. Entabló interés a mí alrededor y me analizó con sus ojos cansados.
Bueno… ― Suspiró. ― Supongo que se ha de deber a que aprendí a ser feliz y a buscar mi felicidad propia sin tomarle importancia a lo que los demás podrán pensar o decir de mí. A mí me gusta este parque, ¿por qué habría de dejar de disfrutarlo sólo porque un montón de personas que no saben ni mi nombre se ríen de mí?
Ahora sus palabras me parecían tan lógicas que se estrellaban con la obviedad. Me sentí ignorante e impotente por no haberlo visto nunca de esa forma. Pensé: ¿En qué momento se aprende a dejar de preocuparse por el que dirán? ¿Cuál es la fórmula necesaria para ser feliz a costa propia únicamente? Sin lazos, sin ataduras, sin inseguridades… sin límites.
¿Qué pasa? ― Preguntó. Ladeó la cabeza mientras me observaba sumida en mis pensamientos.
Nada ― Repuse al instante, sacudiendo el rostro y dedicándole una sonrisa. ― Es sólo que no logro entender por qué esperé hasta este día para hablar contigo.

3 comentarios:

  1. Muy lindo, intrigante e interesante. Este me ha gustado bastante, una buena enseñanza para mi jajajajja ahora deja la duda si era o no era lo que era o: pero no importa, es la enseñanza lo que es ese "Loco" * 3*

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  2. El final... XDD siempre me gusta el final... XDD

    me uno a kath en lo de la enseñanza ke deja. Muy bien Mario~~

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  3. Hola, hola!

    Primero que nada... Alguien ha estado escribiendo mucho últimamente, no? xD
    Jajaja, que bueno por ti :B

    Me gustó el cuento, y a decir verdad, el título fue lo que más llamó mi atención...

    En fin, sigue así Ma-chan...

    Nos leemos! :D

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