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21 jun. 2013

Tremenda Pinche Cuatro Letras

Todos los que hayamos ya pasado la etapa de la pubertad, conocemos esa latente emoción que surge cuando alimentas a lo que se puede convertir en una relación con alguien del sexo opuesto. Les hablo del hormigueo en el estomago cuando esta persona en especial nos dedica una sonrisa, o cuando al despertar, se encuentran con que nos ha enviado un mensaje. Por muy insignificante que el mensaje sea, vamos a saltar de felicidad, y lo digo en serio; si la persona que te gusta te envía un texto preguntándote qué tamales te gustan más, los de rojo o los de verde, sacarás mil y una conclusiones adelantadas: “¿Me lo pregunta porque va a hacerme tamales?”, “Tal vez quiere casarse conmigo”, “Me ama. Sí, seguro es eso” y la lista continúa.




Lo más razonable y sano, sería pensar “tal vez solo tiene curiosidad de qué tamales me gustan más”, pero eso sería demasiado sencillo, ¿no es así? Para estas alturas, nuestra mente desde un punto inconsciente, ya ha elevado a esa persona especial para nosotros en un pedestal intocable, pero nuestro consciente (que es muy inseguro a diferencia del otro) se niega a aceptarlo. Es por ello, que surgen las bien llamadas “ilusiones”. Ah, estas hijas de puta… tantos corazones han caído a manos de ellas. ¿Atila el huno? ¿Hitler? ¿Stalin? ¿Ese cabrón que se convierte en cerdo en “The legend of Zelda”? NOVATOS EN COMPARACIÓN CON LAS PUTAS ILUSIONES.

Hoy, voy a relatarles una pequeña historia, no es larga porque tampoco tengo mucho pinche tiempo libre como para extenderme en el asunto. Pero con todo y su corta extensión, el personaje principal y yo, nos encargaremos de hacerles notar exactamente lo que pasa, cuando las ilusiones te hacen enamorarte de alguien erróneo para ti (o para cualquier persona civilizada), y de cómo debe uno de levantarse como todo un campeón.

Se sorprenderán, ¿ahora escribo historias de superación personal? Aparentemente así es. O tal vez, esto es una simple comedia bizarra, disfrazada de manual de ayuda para que Mario Segovia no diga que no le escribo un pinche cuento. Dicho esto, comienza esta bella, enternecedora, romántica, trágica, y SÚPER CORTA historia de amor, que he decidido llamar:



Marito Segovita era un muchacho común y corriente de un país común y corriente, de un estado común y corriente, de una ciudad común y corrien… en fin, para que se hagan una idea: era mexicano el pobre cabrón. Y digo era, porque al final de este cuento se muere. No es cierto… ¿o sí? Lean hasta el final y descúbranlo.

Con 16 años (creo), era un nudo de regularidad por estos lares del nuevo continente: de piel morena, baja estatura, gafas, y complexión media-gruesa (llamado gordo por sus amigos del tuitah. Pero de eso no va esta historia, así que vamos a dejarlo de lado). Marito, parecía juntar todos los requisitos para ser un muchacho promedio común y corriente, o eso diría yo de no ser porque el pobrecito es americanista, así que deja de ser común, y pasa a ser corriente.

Al igual que todos los muchachos de su edad, Marito asistía a una preparatoria, que le encaminaría a su búsqueda de la realización personal: tomar estudios universitarios, conseguir un título, ejercer en su carrera, y trabajar como negro en un país sin ventana al desarrollo de la clase media hasta morir envuelto en deudas y cansancio como el 90% de nuestra población. En esa preparatoria, el chavo hizo de las suyas en grande: ¡logró conocer a una chica bonita, que se reía de sus pendejadas, que le buscaba, y que le hacía sentir esa sensación en el estomago que ya mencioné al inicio de esta lectura! (no me hagan volver a describirla porque no ando con ánimos de ser cursi).

Esta chica tenía, naturalmente, un nombre hermoso que en cada letra cantaba una estrofa en salud a su bello rostro y gestura, a su silencioso andar, que más bien emulaba un alegre salto por los prados de Viena, y por sobretodo: a su radiante sonrisa más cúl que cualquiera de las viejas que hayan salido en todos los comerciales de Colgate. Naturalmente, un nombre tan hermoso no sería divertido y dado que este cuento es una comedia, he decidido cambiarle el nombre a “Ruperta Benavidez”.

De un grupo distinto al de Marito pero del mismo grado, Ruperta Benavidez era la manzana de la discordia por parte de todos los frikis/rockeros/otakus y unas cuantas lesbianas dada su forma de ser, vestir, comportarse y sencillamente: existir.  ¿Ya se la imaginan? De estatura mediana, cabello largo y lacio, cuerpo delgado y moldeado, BOOOOOOOOOBS, rostro amigable, nariz respingada, ojos de color, con un gusto “exquisito” en música (lo pongo entre paréntesis porque al igual que Marito Segovita era fan de Muse)… en fin, hasta yo le hubiera tirado los perros de haber tenido oportunidad de hacerlo.

Marito iba a visitarla todos los días a su salón de clases para pasar el rato a su lado. La recogía durante el receso y se la llevaba a la cafetería, le pagaba unas papitas con mucho chilito y luego se la llevaba a dar la vuelta por las instalaciones de la escuela para platicar de cualquier cosa. Normalmente hablaban, ya saben, música, Tae Kwon Do, el América, y demás temas de los que suele hablar este wey.

Ruperta, como toda chica de su naturaleza (entiéndase la naturaleza de perra mustia) daba a nuestro estimado Marito leves dosis de ilusiones, apenas unas pizcas bastaban para mantenerle pegado a ella como un constante y fiel compañero. ¿Pueden hacerse una idea de lo idiotizado que quedó Marito por esta chica conforme las fechas del calendario avanzaron? ¿No? Les ayudo: un par de sonrisas coquetas, un guiño, un empujoncito juguetón, un abrazo y ¡BAM! Nuestro amigo ya estaba listo a encuerarse por ella.

La fidelidad de Marito, conmovía a Ruperta. ¿Qué chica en este mundo no desea tener un fiel borreguito que le siga incondicionalmente a todos lados? Déjenme pensarlo… toda chica decente que no sea una hija de la chingada… pero bueno, eso no va a tema aún. El asunto, es que a Ruperta le encantaba contar siempre con Marito, era tierno, era divertido, y claramente estaba más que loco por ella. ¿Suena como una pareja ideal, correcto? PUES NO. ¡Claro que sería una excelente pareja! ¿Pero dónde está la emoción, el riesgo, el placer provocado por el jugoso juego de la conquista?

La respuesta a su pregunta, la encontró pronto en un amigo cercano de Marito: El Johny. Más indiferente que nuestro protagonista, mucho menos atento, claramente no mostraba mayor interés en ella, y en realidad no era ni guapo ni galán… pero, representaba todo lo que Marito no: un reto para Ruperta.

De gustos parecidos, pronto la cuatro letras de la historia se arrastró cual serpiente venenosa a El Johny, y aplicó sus encantos en él. Aquí, hay que tener en cuenta que es muy distinto el efecto que sus coqueteos tuvieron en comparación a con Marito; en el caso de nuestro protagonista, sus ilusiones crecieron en forma de romance, cariño, querencia. En el caso opuesto de “El Johny”, sus coqueteos se inmortalizaron en la forma en que merecían ser tomados: como un juego.

Así es, El Johny, tuvo la sabiduría de no tomar en serio a la vieja esta; pero, a su vez, hizo lo que Marito no hizo y debió hacer desde un principio según nos enseñan el amor y las finanzas básicas: capitalizar las ganancias, antes de que pierdan el valor. ¿Me explico en palabras más simples? “Si hay una viejota buenota remotamente interesada en mí, le entro rápido, pues es pan caliente ¡CARAJO!”.

Ni tardo ni perezoso, El Johny la invitó a un concierto, bueno, un toquín, ya saben, esos miniconciertos que hacen los rockeros hoy día en que bandas amateur se juntan y tocan como locos hasta el amanecer. Ruperta, encantada, aceptó, e inmediatamente luego de hacerlo, canceló planes con Marito, que la había invitado a… no sé. ¿Un torneo de Tae Kwon Do? Carajo, mientras más escribo me doy cuenta de que no sé nada de Mario Segovia además del Tae Kwon Do D: perdón tocayo, neta perdón.

Para hacerles la historia corta, Ruperta y El Johny fueron juntos a ese toquín, y se dieron sus buenos besotes y arrumacos, mientras Marito daba la presentación de Tae Kwon Do de su vida y se coronaba como campeón de la MLB en peso gallo, o algo así. Claro está que nuestro protagonista no tenía ni puta idea de que su querida andaba de cuatro letras por ahí con su mejor amigo… ¿Cómo podía saberlo? No es como si hoy día existiera una detestable red social hecha con el único propósito de chismorrear todo el dí… ah, espérense, si existe una y se llama Facebook. Retiro lo dicho.

¡La historia dio un giro impresionante cuando Marito se enteró de que su chica tierna a la que buscaba conquistar cual caballero en dorada armadura a una delicada princesilla, andaba revolcándose en el fango con el primer campesino con auto que encontró! Y eso no es lo peor de todo, ¡ese campesino era su amigo El Johny! ¡Ese al que le prestaba pal chesco todos los días en la prepa! ¡Ese al que le había pasado la tarea de física… toda mal hecha pero aún así contaba!

Solo existía una palabra para definir lo que nuestro héroe sintió en ese momento por parte de ambos bandos implicados: TRAICIÓN. Una dura, fría, húmeda, y probablemente sensual y candente traición. Todo lo que podía imaginarse, era a su mejor amigo besuqueándose con la chica que le gustaba desde hacía tanto tiempo atrás… ¡no era justo! Apenas y se conocían de un par de semanas atrás, mientras que Marito buscaba a Ruperta desde hacía ya 3 meses ¡3 MESES DE TRABAJO DURO ROBADO! ¿Quién se creía el pinche El Johny para robarle lo que por derecho de antigüedad le pertenecía? Y más importante aún ¡¿quién se creía la pinche Ruperta para darle alas y de pronto irse con quien menos debía?!

Cuando buscó explicaciones, Ruperta y El Johny se distanciaron de él cobardemente. Evadían sus llamadas, evadían sus whatsapps, evadían sus mensajes del Facebook, evadían sus papelitos hechos bolita durante clases, y hasta le evadían con la gracia de un bellísimo corredor de la NFL cuando se les plantaba de frente cual defensor intentando evitar el touchdown.

“ASÍ NO SE PUEDE, ASÍ NO SE PINCHES PUEDE” Decía Marito frente al espejo, y es que hasta a 30 cuadras podían escuchar su lamento.

(Así es, ahora el relato está en prosa y también tiene diálogos. YOLOSWAG)

“¡Marito no te sumas en la depresión, recuerda que tienes competición, y puedes salir campeón!” Le decía su madre, sin apartar la vista de la televisión. “Además, necesito que vayas a comprar tortillas, ya luego sigues con eso de la perdición”

Pero a Marito menos no le podía importar su competición, ¿de qué servía tener un enorme talento Tae-Kwon-Donense si no había una bella mujer a quien dedicarle sus patadas en el hocico a otro cabrón?

(Así es, ya me aburrí de la prosa y de los diálogos)

Las ilusiones tienen una existencia espontanea, desde que nacen en uno, tienen un único destino con dos variantes: el destino es morir, y las variantes son transformarse en realidades, o en decepciones. ¿Ustedes que variante auguran a la ilusión de nombre “Ruperta” en esta historia?


(Si su respuesta fue “realidades”, le recomiendo que vaya y meta la cabeza en el horno hasta que sus entrañas crujan por dentro y su cerebro estalle, porque está bastaaaaaaaaaaante jodido y en este mundo de depredadores se lo van a comer vivo a la semana y lo más digno que puede usted hacer es MATARSE para ahorrarse la pena usted, y a nosotros también. Gracias).

A los que siguen con vida mientras leen, ¡felicidades, eligieron la respuesta correcta! Su premio será leer el gran cierre:

Marito, sufrió mucho por culpa de la decepción. No es fácil cuando alguien en quien confías ciegamente te traiciona y decepciona demostrándote que no es tan perfecta como imaginabas. Dicen que las lecciones mejor aprendidas, son esas que a base de golpes entran, y ¿alguno conoce golpes más duros que los que recibe un corazón ilusionado a manos de la autora de las ilusiones? Tal vez los de Mike Tyson, ese cabrón tenía un cañón en cada brazo. Pero quitando a Mike Tyson, no se me ocurre nadie que pegue más duro que la autora de las ilusiones al corazón ilusionado.

Pasaron los días, pasaron las semanas, pasaron los meses… y Marito con el tiempo se resignó a que no todas las derrotas necesitan tener una explicación válida. En este mundo hay tantos millones de personas, que uno no puede esperar a que todos acepten lo que venga con el rostro en alto, o que sean lo suficientemente encaradores como para aceptar sus equivocaciones sin convertirse en unos cobardes que hacen como que nunca te conocieron con tal de ahorrarse un momento incómodo de charla y reconciliación. Existen tantos tipos de persona, que sencillamente es imposible comerse la cabeza pensando: “¿por qué no todos son como yo?” “¿Por qué no entienden mi modo de ver y hacer las cosas?”

Tal vez le tomó meses enteros de meditación, lloriqueos, enojos, indignaciones, rencores, molestias y tirria, pero cuando todo pasó, Marito fue capaz de darse cuenta de algo: estaba bien. Él era esa clase de persona: la clase de sujeto, que podía salir adelante pese a las adversidades que terceras personas impusieran sobre él.

Ahora para él, era un simple recordatorio de lógica decir que cada persona es dueña de sus decisiones, y que si nos martirizáramos por lo que otras personas nos hacen a cada tantas, nunca podríamos encontrar la felicidad plena, pues esta, se encuentra únicamente dentro de uno mismo, y no buscándola en alguien más, por muy enamorado que te encuentres.

Así es, tal vez, la traición fue dura para Marito, pero al final del día, aprendió una gran y valiosa lección que lo hizo una mejor persona, y que le ayudó a madurar tanto, que ahora podía considerarse dichoso de haber sido defraudado en primer lugar. Esa es la vida, y él lo aprendió apenas teniendo 16 años: para ganar, hay que perder, para perder, hay que intentar, y para tener éxito, hay que correr el riesgo de levantarse y seguir cayendo.
¡NAAAHH NO SE CREAN! No aprendió ni madres el wey. Se consiguió una novia más buenota, ganó un chingo de torneos de Tae Kwon Do, madreó a El Johny por pinche mal amigo, le dijo “PINCHE PUTA” a Ruperta en la cara, se compró un sándwich de albóndigas en el subway y el América fue campeón apenas unos meses después. Y fue feliz para toda la vida porque es mi cuento y YOLODIGO.

Fin.

Moraleja: Si una vieja te traiciona, ¡búscate una más buena! Si un amigo te traiciona ¡madréatelo! Si la vida te da la espalda, ¡dale una patada para que no se pase de vergas! Y si vas a cumplir años ¡NO LE PIDAS A UN AMIGO ESCRITOR QUE TE HAGA UN PINCHE CUENTO!



Este cuento está dedicado a Mario Segovia. ¡Feliz cumpleaños tocayo, y que la pases con todo!

2 comentarios:

  1. Me izó reír unas cuantas veces mientras lo leía en el camión.
    El Inche Johny es un clásico jajajajajá. Inmediatamente lo identifique.
    Me saco de honda y me quede con cara de what al final, pero que bueno que en el segundo final le partió la mandarina en gajos al El Johny.
    Nos vemos.

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  2. hahaha no mms we el subway de albondigas sabe bien cuelero :S :D

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