Lo Último

6 mar. 2014

Tristes crónicas de una puta enamorada

Los infortunios galopan en estampida hacia las masas, y a su paso, se llevan a todos los malaventurados que simplemente transitan en el andar de sus ordinarias vidas. Nada puedes hacer una vez eres atrapado por el andar de las desgracias, lo mejor que puedes esperar es ponerte de pie cuando todo pase… y lo peor, claro está, es no levantarte más nunca.
No sabría decir si es por bendición o por maldición, pero los infortunios, también son de los pocos sucesos que hacen fechorías sin mirar a quien. A todos nos han tocado, y a todos nos tocará; independientemente de ser pobres, ricos, guapos, feos, homosexuales, heterosexuales, y a veces, hasta a las putas les corresponde una rebanada del pastel.
La puta de las que le voy a hablar, es una puta cualquiera (no es redundancia, aunque lo parezca); no tiene nada fuera de lo común, ni rasgos que la hagan especial o querible, ni razones específicas para ser una puta. Tan común es, que no hace falta darle nombre. De hecho, piensen en ella, como cualquier puta en sus vidas que se les venga a la mente. Nuevamente, no sé si por fortuna o por desgracia, pero putas en la vida jamás nos van a faltar, sin importar la hora del día, la semana, el mes, o el continente en que nos encontremos.
Esta puta, a la que ustedes seguro ya le dieron nombre, se encontraba en sus andares diarios. Ya saben, las cosas que hacen las putas: Ser puta, ser considerada puta, ser llamada puta, y por último pero no menos importante: hacer oídos sordos, y piernas flojas. ¿Quién iba a predecir que en medio de sus puterías, caería la estampida de infortunios a arrasar con todo a su paso?
La pobre y triste puta, se enamoró. Y no de cualquiera, sino del típico digno que la rechaza y pasa de ella por razones obvias (vamos, por puta) y que si de ella se trata, no hace otra cosa que menospreciar sus andares, modos, y generalidades.
No puedo pensar en mayor desgracia para una puta que caer enamorada. Muchos representan el amor como el corazón comercial que vemos en osos de peluche y chocolates todo el tiempo, más a mí me gusta verlo como un par de pesadas cadenas que te ligan incondicionalmente a tu otra mitad. Así es, el amor, quieran admitirlo o no, es esclavismo; y el esclavismo para una puta, alma libre por naturaleza que va de pradera en pradera buscando a cualquiera que se le ponga en frente, es una contradicción directa a su naturaleza.
El estar enamorado te impide pensar en nadie más que aquel de quien te has ligado. Sin excepción. Te prohíbe ir más allá de las cadenas de tu amado, pues ya el resto pasa a saberte a cenizas… ¿qué debe hacer una, cuando toda su vida ha girado en entregar más las nalgas que el corazón? Al ponerme en los zapatos de la puta, me duele un poco el alma… debe ser difícil vivir todo el tiempo a expensas del libertinaje, para de pronto, ser incapaz de ser lo que eres por culpa de un sentimiento instalado por defecto (y lo digo con todo el concepto de la palabra) en nuestras mentes.
La puta estaba más que confundida. Una batalla interna en su mente cobraba lugar con sanguinarios resultados: su putería contra sus sentimientos. Por un lado, estaban sus deseos de entregarse en alma y vida a aquel que tantas veces la observó despectivo, y por el otro, estaban todas las demás putadas. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente amar y a la vez ser puta? ¿Quién fue el imbécil que inventó aquello de la monogamia? ¿Por qué lo carnal era empaquetado siempre con lo sentimental? ¿Por qué la carne resultaba barata en comparación a lo que no se podía expresar a través de la misma? Estas, y muchas preguntas más, saltaban con frecuencia desde lo más superficial de su mente, con merecidísimo sentido, si me lo preguntan.
Al final, una puta es una puta, pero incluso siendo tan puta, el amor era capaz de doblegarla y ponerla dubitativa en cuestión de segundos. Tan así, que se prometió a si misma dejar de ser tan puta. Se apartó de los hombres que tantos buenos ratos le hicieron pasar, cambió su forma de vestir y de expresarse, se concentró en otras cosas más allá de las puterías, y buscó así ganarse el amor de aquel que le robó el corazón. Día a día, evolucionaba. Esos deseos de irse por ahí a emborracharse con sus amigas para después regresar a casa con algún desconocido desaparecían lentamente, y en su mente se sustituían por la fantasía de quedarse en casa con él, bebiendo vino al pie de la chimenea. Traicionando todos sus principios, instintos y naturaleza, y contra todo pronóstico: se le quitó lo puta.
Los infortunios son estampidas que arrasan sin mirar a quien. Y para nuestra querida puta (ya no tan puta), el infortunio no fue haberse enamorado, tampoco lo fue haber cambiado por culpa del maldito amor… su infortunio, consistió en observar como su gran amor, aquel que le enseñó la valiosa lección de que el trabajo duro conlleva a mejorarnos como seres humanos, se iba con una puta.
Puta madre.


Fin.

PD: Si eres una puta y estás leyendo esto: sonríe. Eres hermosa tal como eres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido al mejor blog del universo!

Puedes seguirme en las redes sociales o suscribirte al feed.

¡Suscríbete a mí blog!

Recibe en tu correo las actualizaciones de mis relatos y cuentos. Sólo ingresa tu correo para suscribirte.