Lo Último

22 dic. 2014

Trilogía de Ookami No Unmei (1/3)

Tu destino comienza hoy, mi querido tesoro. El legado de los guardianes depende de ti


Ookami No Unmei

Primera parte: La llegada del pequeño Broten

La mansión de los Ozaki se encontraba ubicada en las afueras de la ciudad capital, colina arriba: a un costado de las sagradas montañas Demagoro. Sus colosales picos nevados, y su siempre viva vegetación, traían siempre hermosas estampas a las fotografías de la impactante residencia. Hacía un tiempo que no se celebraba una fiesta en la mansión Ozaki. La familia más rica del mundo brindaba espectáculos impresionantes a sus exclusivos invitados y no reparaba en gastos: música en vivo, espectáculos pirotécnicos, llamativos juegos electrónicos que solo se encuentran en los mejores parques temáticos del mundo, toneladas de alimento de todo tipo… el evento era todo un éxito, y como era de esperar: el escándalo era inmenso.
Dicho escándalo, asustaba y alteraba a los animales habitantes de las montañas. Las aves huían en grupos inmensos a cada carga de fuegos artificiales disparada, los ciervos buscaban refugio en las planicies más amplias para la seguridad de sus respectivas manadas, y los lobos… los lobos bajaban a investigar.
Vestía con un traje de una pieza hecho con piel de siervo, oscurecido por las manchas de tierra. Iba descalzo, en sus pies se notaba la dureza y el castigo que brindaba la montaña. Llevaba un collar con forma de luna en cuarto menguante en el cuello, aunque el lazo del mismo fue reemplazado por uno de cuero, seguramente porque el original se rompió. Tenía el cabello negro como la noche, largo enmarañado, y en su infantil gesto se dibujaban la confusión y la curiosidad.
Era un niño de apenas unos 7 años.
Bajó por lo restante de la colina hasta toparse con los bordes de la mansión Ozaki. Escaló con resaltante facilidad al pino cercano de mayor altura para observar con amplitud lo que se dibujaba ante sus ojos… ¿qué era todo ese ajetreo? Y más importante aún, ¿qué era esa estructura tan inmensa llena de luces, color y ruido?
Sus ojos azules se embobaron en el espectáculo, fascinados y asustados a la vez por las terroríficas maravillas que veían.
El chico parpadeó indeciso, perplejo; finalmente, y tras pensarlo con detenimiento: se decidió a ir a investigar. Caminó a paso decidido, pero precavido. A cada ruido significativo, corría a esconderse tras lo primero que encontraba. Lamentablemente para su nerviosa existencia: conforme iba alejándose del bosque, el terreno se despejaba considerablemente, y para cuando llegó a los territorios de la mansión ― cubiertos por una muralla de 10 metros ― ya no había donde ocultarse.
Examinó la muralla de concreto con curiosidad, ¿qué era aquello? Era tan duro como una roca, pero mucho más liso, y parecía haber sido moldeado con mucha paciencia. Con ambas manos, palpó la fría dureza de la muralla, impresionado por tal trabajo de tallado.
Para entonces, no se imaginaba que ya estaba siendo observado por alguien que se las había ingeniado para escalar la muralla desde el otro lado de la misma, y que se encontraba tan curiosa por él como él lo estaba por esa pared de concreto.
Era una niña del mismo tamaño que él, aunque a diferencia suya, ella iba vestida con un vestido sencillo de color azul oscuro con los bordes claros y un moño negro. Llevaba una bandita en la mejilla, señal de que era del tipo inquieta.
Era rubia, llevaba dos coletas de caballo. Tras su sonrisa pícara, un colmillo travieso resaltaba de entre sus labios. Con sus vivaces ojos celestes analizaba con fascinación al chiquillo… ¿qué podía ser la causa de su pinta?
― Oye, niño ― Dijo la pequeña, con la enternecedora voz de un angelito. ― ¿Qué haces vestido así? ¿Vienes disfrazado de cavernícola a la fiesta? ¡Qué divertido!
El chico se sobresaltó, en una reacción completamente defensiva, se puso en 4 patas y retrocedió gruñendo mientras con la vista buscaba a su presunto agresor. Cuando encontró finalmente el amigable e interesado rostro de la pequeña, no pudo evitar quedarse impresionado.
Ella tenía mejillas rosadas, una blanca piel sin pelo; como él, cubría su cuerpo para evitar el frío, e inclusive llevaban una cabellera considerablemente parecida en cuanto al largo. Claro, ella lo llevaba peinado y arreglado, y él en cambio era solo una maraña, producto de largos años viviendo solitario en las montañas.
La chica soltó una risotada sonora por lo que hizo el chico, y le dedicó una amplia sonrisa que lo dejó completamente confundido y con la guardia baja.
― ¡¿Qué es eso?! ― Exclamó ella, entre risas. ― ¿Juegas a ser un perro? Mejor, dime cómo te llamas. ¿Eres de la familia Ozaki, o tal vez de alguna otra familia de alto rango?
Era la primera vez que veía a alguien idéntico a él. Comprensiblemente, clavó sus ojos sobre los de ella, y se dedicó a observar su rostro con cuidado… eran muy parecidos… excepto por el claro hecho que las facciones de la desconocida eran mucho más finas y cuidadas, mientras que las de él se encontraban siempre ocultas tras manchas de lodo que le ayudaban a ocultar su olor de los depredadores.
― Veo que no hablas mucho… ― Observó la chiquilla, encogiéndose de hombros para luego reparar con una nueva sonrisa. ―  Bien, me presentaré yo primero. Soy Akane Sakagami. ― Se dio un ligero golpe de pecho, y cerrando los ojos con orgullo tomó una actitud presumida. ― Aunque no lo parezca, soy una gran científica con tan solo 6 años.
El chico arqueó la cabeza. Todos esos ruidos que ella hacía salir de su boca le hacían sentirse nostálgico… tenía un recuerdo lejano, aunque no estaba seguro de si había ocurrido en verdad o era solo producto de su imaginación. En ese recuerdo, alguien muy parecido a esa niña, pero más grande, y con el cabello mucho más largo, le abrazaba y con cariño le dedicaba esos mismos sonidos inentendibles para él… aquella persona solía llamarlo de una forma… y de hecho, solo ella le había nombrado hasta ese entonces ¿cómo era?... lo tenía en la punta de la lengua, estaba a punto de recordarlo.
― Bro…ten… ― Fue lo que dijo el chico, llevándose la palma de su mano derecha al pecho, a modo de señalamiento. ― Broten… ― Repitió.
― Ya veo, así que te llamas Broten ― Akane asintió, satisfecha por finalmente haber logrado sacarle una palabra de la boca al curioso niño cavernícola. ― Bien, Broten… ¿por qué estás afuera? ¡Pasa! Podemos ir a explorar los alrededores de la mansión juntos. Yo sería la jefa de la expedición por supuesto, tú serías mi Igor.
Broten no respondió, se concentró en mirar con detenimiento la sonrisa de la niña, para luego tratar de imitarla, sonriéndole de vuelta de una forma muy extraña.
― Eh… luego te enseñaré a sonreír como se debe, por ahora vamos a meterte al lugar. Como no hay tiempo para ir hasta la puerta, ¡debes saltar! Solo son 10 metros, ¡vamos!
Entendió lo que ella le quiso decir por los mímicos movimientos de sus brazos, y con mucho interés en pasar más tiempo con aquella que era igual a él, decidió obedecerle. No obstante, al saltar con todas sus fuerzas, apenas y pudo elevarse unos 20 centímetros. Apenado, suspiró… ya estaba acostumbrado a ser más débil y menos capaz que todas las criaturas del bosque.
―… Bien, supongo que es entendible a que no puedas hacerlo… no eres mitad ginoide como yo.
La niña entonces se deslizó hacia el frente con gracia, para salir ilesa de una caída de 10 metros sin siquiera parpadear al aterrizar. Mientras bajaba por tan impresionante altura, Broten pudo notar aterrorizado una nueva diferencia entre ambos: donde ella debía de tener sus rodillas, existía una especie de unión artificial apenas distinguible que embonaba sus piernas con sus muslos. No tenía la comprensión ni el conocimiento para determinar lo que ocurría con las piernas de su nueva amiga, que más allá de esa peculiaridad, eran enteramente similares a las de él. Al aterrizar, la jovencita se volvió en dirección a él, y le sonrió, presumida por su reciente prueba de habilidades.
 La aparente científica de 6 años frotó sus manos una con otra para prepararse, y caminó hasta Broten con una sonrisa dibujada en sus labios. Él retrocedió un par de pasos, estaba muy impresionado y su naturaleza precavida comenzaba a hacerle dudar sobre la confianza y simpatía que comenzaba a invertir en la niña.
― No te asustes ― Akane trató de tranquilizarle, sonriente; estaba acostumbrada a reacciones parecidas. ― Lo que pasa es que de niña tuve un accidente muy grave que por poco me hace morir, y mi mamá, que es muy lista, me salvó modificando  las partes dañadas de mi cuerpo. Genial, ¿no crees?
Ya que no entendía lo que decía ni lo que estaba ocurriendo, él se limitaba a observarla con los ojos muy abiertos. Luego, al ver que ella no dejaba de observarle a la espera de una respuesta, se decidió a volver a sonreírle de la misma forma extraña que antes.
― No, en serio… deja de sonreír así… das miedo ― Suspiró, encogiéndose de hombros. ― Ahora…
Sin dar espacio a las dudas sujetó a Broten por la cintura antes de que pudiese alejarse de nuevo, y plantando sus pies en el suelo con fuerza, se agachó para tomar impulso y acto seguido lo lanzó a volar hasta el otro lado de la muralla. Broten no pudo hacer otra cosa que gritar con todas sus fuerzas, horrorizado.
― ¡Ups! ¡Creo que usé mucha fuerza otra vez! ― Bufó Akane, mientras observaba a su nuevo amigo volar por los aires. ― ¡Ya me reuniré contigo, espérame!
 Broten pudo escucharla, pero no estaba seguro de lo que trataba de decirle su agresora; incluso bien podría haberle advertido que sus días estaban contados y  no había forma de saberlo. En medio de su vuelo iba dando giros involuntarios en el aire que lo mareaban y lo tensaban en demasía; más con el constante paso de los instantes, pudo controlar su pánico al notar que aún no se estrellaba; finalmente, se dio el lujo de observar el paisaje que había tras la muralla.
Más personas como él. La niña rubia era solo el inicio. Había incluso pequeños y grandes con las mismas facciones masculinas que él, y todos llevaban prendas para cubrirse del frío (aunque seguramente, como él, preferían andar desnudos).
Nunca se había imaginado que existieran tantas criaturas como él, encontrarse con tantos rostros sin pelo como el suyo era un descubrimiento mucho más notorio que el de aquella gigantesca mansión: con mesas repletas de alimento, juegos de feria, montañas rusas y fuegos artificiales. Por supuesto, también le dejaron con la boca abierta, pero no en un nivel equiparable al de enterarse por vez primera que no estaba solo.
Ahora lo comprendía: había ante él un mundo nuevo y desconocido, y gracias a una niña con una fuerza impresionantemente excesiva, incluso para un oso, pudo descubrirlo, y tal vez, hasta podría formar parte de él.
… Tal vez se dejó impresionar de más, pues olvidó vigilar su inminente aterrizaje mientras apreciaba todo el recinto. Terminó estrellándose de cabeza contra un árbol gigantesco, el golpe fue tan estruendoso que dejó volar astillas en un radio de 2 metros.
Perdió el conocimiento tras el impacto, y le salió un chichón del tamaño de la mitad de su cabeza apenas su pequeño cuerpecillo quedó inerte en el suelo. Todo ocurrió ante la incrédula mirada de los hermanos Luka y Haru, que se dedicaban a comer bajo ese mismo árbol.
―… Oye, ¿estás bien? ― Preguntó Haru con aires despreocupados, arqueando la cabeza y picándolo en la mejilla con un palito. ― Eso debió dolerte.
― ¡Pobre pequeñín! ― Exclamó Luka, soltando su hotdog al suelo y corriendo a cargarlo entre sus brazos con una… algo preocupante actitud. ― ¿Estás bien, hermoso?
― ¿Hermoso? ― Preguntó su hermana, aterrada por el comportamiento de su hermano. ― Hermanito, ¿sabes que hay unos 10 años de prisión para los pedófilos?
― ¡No digas idioteces y ven a ayudarme, tonta! ― Le riñó Luka, molesto, pero no lo suficiente para dejar de abrazar al inconsciente Broten a su pecho. ― Este hermoso niño necesita atención médica.
― S-sí que la necesitará, si sigues asfixiándolo así.
― ¡CALLA, TÚ NO SABES LO QUE ES BUENO PARA MI NIÑO!
― ¿Ahora es tu niño? ― Haru, con lágrimas en los ojos dramatizó con una pasional decepción. ― ¡Mamá, papá! ¡Su hijo resultó ser un maldito degenerado! Cuanto lo siento…
― ¡DEJA DE LLORAR, LA GENTE NOS MIRA! ― Bramó Luka en réplica instantánea, y acto seguido se echó al niño en un solo brazo, para luego tomar de la mano a su hermana y salir corriendo hacia el interior de la mansión.
― ¿A dónde vamos? ― Preguntó la chica, dejándose llevar con curiosidad.
― ¡A curar su herida! ― Respondió el otro, sin bajar el paso. ― Vamos a dejarlo aquí en este sofá por ahora ― Cuidadosamente recostó a Broten recargando su cabeza en un suave cojín rosado. ― Tú ve a buscar cobijas, un oso de peluche y ropa de su talla, ¡yo iré por el botiquín de primeros auxilios y por bocadillos porque el precioso debe morir de hambre!
―… Oye, en serio debes detener esa actitud tan asquerosa.
― ¡SILENCIO, HARU! ― Ordenó Luka, antes de darse la vuelta y echarse a correr. ― ¡Trae lo que te ordené!
Haru suspiró, y echó a andar a paso lento con las manos en la cabeza.
― Sí, sí…
De esta forma, Broten se quedó solo e inconsciente en el interior de una mansión de completos desconocidos.
O tal vez… no eran tan desconocidos.

Kentaro Ozaki, Ceo de la compañía, entró a la mansión buscando su nuevo prototipo de rifle de cacería para mostrárselo a unos invitados. La primera vez, pasó por un costado del chico inconsciente, que se encontraba en la sala de estar principal, sin siquiera notarlo. No obstante, cuando ya iba de regreso y con el rifle en sus manos, no pudo evitar notar al chico con pintas tan descuidadas tomando una siesta en el salón principal de su mansión.
― ¿Un colado? ― Se preguntó, acercándose lentamente hasta él. ― No es posible… los colados robarían la comida y se irían, no se quedarían a tomar una siesta…
Observó el rostro del chico con cuidado, tratando de reconocerlo. Nunca lo había visto en su vida.
― No tengo idea de si es un invitado… pero despertarlo sería de mala educación incluso si no lo fuera, ¿no es así?
Observó con cuidado la herida del chico, apenas a unos centímetros de su frente.
― Pobre, tal vez debería de ir por algo de hielo y…
De pronto guardó silencio, pues sus ojos se centraron impresionados en el cuello del niño; para ser más exactos, en el collar que colgaba del mismo: una figura metálica desgastada de una luna en color cobrizo.  Aunque era un medallón desgastado, viejo y oxidado, emitió un brillo destellante que tildó en la vista del joven magnate, aún si solo fue por unos instantes.
― ¿Qué es esto? ― susurró, observando con interés el peculiar amuleto. ― Podría jurar que brilló…
Curioso, sujetó el medallón con sus manos, y entonces el resplandor del collar volvió a presentarse; solo que esta vez, más que tildar, cegó su vista, y cubrió toda la habitación con su intensa luz destellante.
Cuando el brillo dejó de lastimarle y se animó a abrir sus parpados de nuevo, quedó boquiabierto. Nunca antes había sido testigo de algo tan desconcertante, impactante y misterioso.
― ¿D-dónde estoy? ― Se preguntó, irguiéndose con lentitud para observar a su alrededor. ― ¿Qué clase de lugar es este?
No se encontraba más en su mansión. Frente a sus ojos ya no estaba aquel niño extraño… ahora se encontraba en el campo abierto. Para ser más precisos: se encontraba en un desfiladero; un acantilado rocoso cubierto de vegetación, rodeado y cruzado por un riachuelo que descendía tímido como una pequeña cascada por la cima del precipicio.
Con la respiración acelerada, retrocedió del borde del desfiladero: una caída desde esa altura sería mortal, y las fuertes corrientes de viento que se presentaban a esa altura podían hacerlo resbalarse en cualquier momento con una superficie de roca lisa tan húmeda como en la que se encontraba parado.
Decidió que nada iba a ganar impacientándose y volviéndose loco, así que tomó asiento en una roca redonda ya en zona segura, y encendió un cigarrillo… ¿en dónde se encontraba? Todo lo que veía alrededor eran montañas y bosque.
Pronto su creciente sensación de soledad y abandono se esfumaron, pues el inconfundible sonido de un motor le hizo volverse 180 grados: una nave sobrevolaba en las cercanías, indecisa. Era como si estuviese dando vueltas en círculos… ¿sería que le estaban buscando?
Pensó en ir a llamar su atención para pedirles ayuda, pero de su padre había heredado la desconfianza hacia todos, a excepción de los de su familia, así que prefirió permanecer oculto. No se podía descartar la posibilidad de que quienes conducían esa nave, fueran quienes le habían llevado ahí en primer lugar, y estuviesen por darle caza.
― Creo que he leído muchas novelas ― Bufó, oculto detrás de un árbol, mientras observaba como la nave aterrizaba exactamente donde él había aparecido apenas el destello del collar cesó. ― Un momento… yo recuerdo esa nave… ¿no era la antigua nave de…?
Guardó silencio antes de terminar su oración, pues del transporte salieron dos personas discutiendo en voz alta por las puertas laterales. Se gritaban cosas que Kentaro no podía escuchar con claridad debido al ruido del motor de la nave. Aún así, era visible a simple vista que discutían con efusividad.
Una de ellas, una atractiva chica de unos 16 años, sostenía en sus brazos un bulto envuelto en sabanas: aparentaba ser un bebé. El otro, un hombre de unos 20 años, trataba de arrebatarle la criatura de sus brazos, con nerviosos y torpes movimientos.
― ¿Qué están haciendo? ― Susurraba Kentaro, pensando en si acercarse sería buena idea.
Con el paso de los minutos, el hombre se encogió de hombros y subió a la nave negando repetidas veces con la cabeza… ¿por qué estaba tan decepcionado? La chica se quedó observando como el hombre regresaba a la nave, él no se volvía por mucho que le llamara. Era como si no deseara volver a verla nunca más.
Ella aferró sus parpados, tratando de contener el llanto y reunir valor en el mismo esfuerzo… finalmente, apenas un par de minutos más tarde, caminó hasta el borde del acantilado.
― ¿Q-qué estás haciendo? ― Susurró Kentaro, con creciente intensidad. Salió de su escondite y corrió tan rápido como pudo hacia la chica entre trompicones, tratando de detener sus inminentes intenciones. ― ¡No, NO! ¡NO LO HAGAS!
Pero ella no le escuchó.
Susurró unas palabras inaudibles para cualquiera a excepción del bebé, y ante el rostro horrorizado de Kentaro: lo dejó ir.
El niño cayó desde los brazos de su madre por el inmenso, casi infinito acantilado. Se perdió su rastro en la densa niebla que se dibujaba al fondo de tan terrible caída. Una valiosa vida había llegado a su fin, por despiadada e incomprensible obra de su madre.
Conforme Kentaro corría hacia el precipicio gritando con todas sus fuerzas, su vista se tornaba borrosa; la chica, el acantilado, la nave… todo desaparecía lentamente ante sus ojos. Tras un último parpadeo, él ya no estaba más en aquel lugar desolado donde fue testigo de tan terrible acto de matanza… estaba de vuelta en su cómoda mansión, con su mano extendida hacia el medallón del niño. Tenía ahora un intenso dolor de cabeza y la respiración muy acelerada. Una línea de sudor se deslizaba por su frente, y en sus rodillas sentía aún las manchas de fango fresco que se hizo en el traje al ocultarse de los visitantes de aquella montaña… ¿qué acababa de ocurrir? Solo tenía la certeza de una cosa al respecto: fue real.
Retrocedió hiperventilando, se aflojó la corbata y encendió un cigarrillo. Tomó su teléfono celular de su bolsillo y marcó un número sin necesidad de observar la pantalla. Mientras esperaba a que atendieran, soltó severos y constantes suspiros de pesadez y estrés.
― Hola. Soy yo. ― Saludó, seco. ― No me importa en donde estés, necesito que vengas ahora mismo a casa.
― ¿Podría ser después? ― Repuso ella, relajada. Menospreciaba sin tapujos la seriedad de la llamada. ― Estoy muy entretenida en Big City, y papá dijo que estaba bien que faltara a la fiesta de la compañía.
― Briza ― Espetó Kentaro, casi escupiendo su nombre con repugnancia y furibunda decepción. ― Ven aquí inmediatamente, hermana… he encontrado a tu hijo. Me debes una explicación… a todos nos debes una explicación.
Ella guardó silencio, no dijo nada, fue como si la conversación se hubiese visto envuelta en un hiato de tensión que detenía el paso del tiempo para ambos bandos.
―… Tienes 2 horas para estar aquí, o voy a decírselo todo a padre. ― Amenazó finalmente, cuando su paciencia a la espera de una réplica cesó. ― ¿Escuchaste?
Colgó el teléfono, apagó el cigarrillo contra un cenicero de cristal ubicado en una mesa al centro de la sala, y se sentó a un costado del chico en un sofá individual, para observarlo con detenimiento.
El destino obraba misteriosamente. Incluso en un mundo tan lleno de maldad, crueldad e injusticias, a veces podían apreciarse milagros, situaciones especiales que vinculaban a almas inocentes con lo que realmente se les reserva.
En ese momento Kentaro no tenía idea de lo que estaba ocurriendo; tantas preguntas, tantas dudas, tantos misterios surgían uno tras otro como una gigantesca catarata en su mente. En medio de tantas dudas, ahora le quedaba claro que esa criatura que tenía al frente era el hijo de su hermana, y que eso lo convertía en su sobrino. Ese niño era un Ozaki.

― Broten… ¿eh? ― Murmuró. Pese a su inmenso dolor de cabeza, alta tensión e inmensa frustración generada por la increíble y despiadada irresponsabilidad de su hermana, una ligera sonrisa se dibujó lentamente en sus labios, de manera involuntaria. ― Me pregunto por qué de pronto conozco tu nombre.

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