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19 may. 2015

Un alma más en el Castillo de la Mota


Un alma más en el Castillo de la Mota


Cuando era joven, soñaba como muchos otros con riquezas, lujos y respeto. Me gustaba apuntar al cielo para no mantener la mirada fija en la casa de cartón y aluminio que mi padre construyó para nosotros a las afueras de la Comarca.

Cuando las necesidades incrementaron, mis expectativas se redujeron para traer un balance justo a mi vida limitada. Llegó la adultez a una edad temprana para mí: mamá murió y mi padre enfermó, y me tocó a mí lidiar con las responsabilidades que ambos dejaron vacantes. “¿Qué hago?” solía preguntarme a diario con lágrimas en los ojos; ya fuera frente a la estufa de barro, al enterarme que no nos quedaba comida, o en las calles, cuando andando por Santo Tomás hombres adultos me quitaban el dinero ganado en la chatarrería.

Así crecí, luchando. Pero no todo fue sufrimiento, también hubo aprendizaje en mi camino: los hurtos injustos curtieron mi carácter, las carencias alimentaron mi humildad, y la crudeza despiadada de la realidad fue artífice de mi despertar; dejé atrás mis tontos sueños de infante, y me iluminé para crecer en plenitud. Comprendí a base de trabajo duro los verdaderos elementos esenciales para una vida plena, y asimilé la inutilidad de mis antiguos anhelos.


Las riquezas no son necesarias para la felicidad, siendo una buena canción lo justo para alegrar mi corazón positivo.

Los lujos son para personas sin mentes expansivas, incapaces de ocupar sus cortas vidas en el único gusto ostentoso que nos acompaña más allá de la tumba: la espiritualidad.

El respeto pareciera para una necesidad, ¿pero realmente, quien hace gala de poseerlo en su totalidad? A todos les han faltado al respeto, y todos siguen íntegros, con vida. En mi caso, me han pisoteado desde el día en que nací, sean mi culpa los motivos o no. Me han atacado por mi descendencia, el color de mi piel, mi origen y clase social, mis talentos, mis carencias, mi rostro, mi nombre, y hasta por mi nacionalidad en mi propia madre patria. Aún así, habiendo acumulando múltiples décadas de vida sin ser respetado: estoy de pie, porque tengo amor propio.

Por más que así lo parezca, no excuso mis carencias en una negación optimista: mis palabras e ideales son de corazón. Estoy firmemente convencido de que solo de tres cosas depende un hombre para vivir plenamente feliz:

- Agua y comida
- Un trabajo que exija al cuerpo y a la mente lo suficiente para dormir en las noches y despertar por las mañanas
- Un vistazo diario al castillo de la Mota

La importancia del castillo en mi vida tiende a confundir a mis oyentes, que suelen malinterpretar suponiendo que siento una admiración poética por sus gruesas barreras sobrevivientes de mil batallas, y que como sus muros trato de ser inmenso e impenetrable. Se equivocan al asumir la respuesta más obvia, nunca tratan de ver más allá.

La necesidad en mi interior de levantar la mirada hacia el fuerte de Medina, que glorioso se planta colina arriba y es visto por todos en la Comarca, reside en aquellos que habitaron bajo su techo.
En el interior de sus pasillos han vivido numerosos hombres de importancia histórica e incalculables riquezas. Estandartes del reino de Castilla y de toda España. Por mencionar alguno: Enrique IV. Este gran hombre fortaleció e incrementó el tamaño del dominio, hizo erguir una torre y guardó con recelo el sitio. Seguro tuvo en mente pasar el resto de su vida embriagándose y comiendo abundantemente en el seguro interior de sus cálidas paredes.

A Enrique se le suman otros nombres inmortales: Fernando de Antequera, Alonso Carrillo, la princesa Isabel, la princesa Ana, y tantos más que con mi nula escolaridad soy incapaz de conocer. ¿Qué tienen en común esas grandes personas que en su momento habitaron y fueron poseedores de semejante maestría arquitectónica? Simple: hoy día están muertos.

Tan muertos que de sus cadáveres deben quedar solo uñas y cabellos. Su precioso refugio y los lujos que gozaron dentro, de poco sirvieron cuando sus efímeras existencias escaparon de sus fríos dedos huesudos.

En la comarca, donde abunda la pobreza y tenemos que dar el máximo para llevarnos bocado a la boca antes de dormir, no escasean los que levantan la mirada durante su turno en la parcela para apreciar la imponente e incuestionable belleza del castillo recibiendo las caricias del sol en atardecer. Si uno presta atención en sus rostros durante esos momentos, es notorio que están orgullosos por la belleza incomparable de Castilla. Se sienten agradecidos por levantarse cuando aún está oscuro para trabajar durante todo el día por unas miserables monedas, únicamente porque los muros del fuerte lucen preciosos cuando el sol los ilumina.

Aunque en un pasado lejano pensé como ellos, hoy día me es imposible recibir un mensaje tan banal de una estructura tan majestuosa. Como dije antes, fui iluminado por la realidad misma. Sé lo que tengo que hacer para llegar más allá que aquellos que para observar levantan la mirada.

Morir… debo morir dentro de esos muros…
Así, nada me diferenciará de todos los héroes que habitaron y gobernaron en su interior…
Seré, como ellos, un alma que pertenece al castillo de la mota.
Seré inmortal, seré historia…

Pronto estará todo listo… falta poco.

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