Lo Último

12 jun. 2015

Un día distinto

Hoy me he dejado los miedos atrás.

He dado un día libre a mis inseguridades, soltado mis fantasmas y pausado mis complejos.

Por un día al menos, quise experimentar la sensación de levantarme de la cama sin anhelar la hora de volver a acostarme.

Solo esta vez, bebí mi café barato y comí mi pan duro sin mortificarme pensando en la renta, en la colegiatura de los niños o en el préstamo del banco. Quise escuchar lo que mi familia tenía que decir, en vez de ocultarme tras el periódico como todas las mañanas.

En la oficina, donde usualmente trabajo en sigilosa penuria para no dejar al descubierto mis miserias ante mis colegas, tarareé una pegajosa canción que mi hija sintonizó en la radio camino a la escuela. Ni cuando la jefa me gritó por un error mínimo y corregible dejé de pensar en aquellas pegajosas líricas; vaya cosa más extraña la música de hoy en día… las letras son terribles pero uno no puede dejarlas ir.

De regreso a casa pude flaquear y mortificarme por el terrible calor pegajoso, abundante en mi auto sin aire acondicionado y con ventanas descompuestas; y es que teniendo el sol apuntando a la cara sería difícil no ceder a las garras del pesimismo, ¿pero cómo iba a hacerlo si mirando a los costados podía apreciar como los jóvenes se apoderaban de los deplorables muros públicos para escribir mensajes positivos e inspiradores? Tantos años fueron usados para promocionar conciertos y partidos políticos, pero ahora existía algo que de hecho vale la pena apreciar.

El cansancio físico se hizo evidente al llegar a casa, pero lejos estaban mi mente y espíritu del final del día. Charlé con mi esposa, sobre sus cientos de chismes sobre las vecinas y sus familias, y hasta me enteré que mi hijo estaba pensando en unirse al coro de su escuela. El resto de la tarde transitó como el calmo fluir de un arrollo; incluso evadir cobradores y prestamistas dándoles la larga fue tarea fácil para mí: una persona sin problema alguno.

Mientras me preparaba para dormir, recité en mi mente lo ocurrido desde la mañana hasta el momento de dar por terminado el día. Y resulta, que incluso habiendo tomado una perspectiva diferente: mi día fue exactamente igual al resto, y aún así fue muy distinto.


Concluí así, mientras cerraba los ojos ya arropado bajo la calidez de nuestras viejas y parchadas sabanas: que si restas tus problemas, tus complejos, tus fantasmas, tus miedos, y prácticamente todo lo que hace de este mundo un sitio tan conflictivo y complicado: la vida es buena y hermosa.

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