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4 ago. 2015

Los niños, las niñas, las reglas, y el juego más bello

Los niños, las niñas, las reglas, y el juego más bello

Cuando eres pequeño y asistes al jardín de niños, te permiten sentarte con quien gustes para pintar con las manos o dibujar. Es entonces, en el momento en que haces llorar a una chica por meter su cabello en el bote de pintura o tirar del mismo, que se te dice la primera gran regla: “No debes hacerle daño a las niñas”.

Pasa el tiempo, y creces. Ahora puedes correr a grandes velocidades sin caerte por cualquier obstáculo mínimo, y por tal mejoría física te vuelves mucho más activo y vivaz; no hay nada más divertido para ti que darle mal uso a los juegos del parque: como subir la resbaladilla por la parte deslizante, colgarte de piernas en el pasamanos o montar de pie en los columpios… de pronto, mientras te diviertes de lleno en dichas proezas, se acerca una niña a jugar contigo, y accidentalmente terminas golpeándola en un descuido. Ella naturalmente llora y sus padres te regañan mientras tus padres te defienden; resentidos, ambos bandos abandonan el parque. Para estas alturas ella ya ha dejado de llorar hace rato, y logra dedicarte una mirada con la que te hace saber que lamenta haberte metido en problemas, pero ya es tarde. El daño está hecho y como hombre, se debe de tomar responsabilidades. Aquí se te entrega la segunda gran regla: “No juegues con las niñas”.

Entonces: está mal hacerles daño y está mal jugar con ellas. Has aprendido correctamente en base a tus errores, y gracias a ello tienes los conocimientos necesarios para interactuar sin lastimarlas. Eres más sensible y cuidadoso que antes, también más considerado. Ingresas pues a la escuela primaria y te toca compartir asiento con una de ellas. Naturalmente: al ser solo niños, se ponen a platicar o a divagar un poco entre clases. Desgraciadamente, cuando el profesor les riñe, ella hábilmente se saca de la culpa diciendo “pues él me está hablando”; bien, acabas siendo regañado por doble cuenta, y si tienes mala suerte incluso te sacan de la clase y de problemático no te bajan. Ahí mismo, casi por osmosis, terminas aprendiendo la tercera gran regla: “no confíes en las niñas”.

Para la última regla hay que avanzar un poco más en el tiempo, a una época de extraños cambios en tu cuerpo y tu personalidad. Ya lo que has aprendido en el pasado prácticamente se ha anexado a tu instinto para estas alturas. Consideras a las chicas como iguales con privilegios especiales; eres amable, tierno, precavido, desconfiado y por alguna extraña razón, a la que suele conocérsele como “pubertad”: empiezas a estar enteramente interesado en ellas. Siempre te han gustado, sabes que huelen bien y has notado que son más ordenadas e inteligentes… pero nunca has sentido una necesidad tan fuerte de ser acompañado por ellas.

Comienzas a salir con ellas, a tener novias. Vas descubriendo poco a poco lo que significa estar enamorado, y sin importar que tantos años pasen, cuantos noviazgos termines y empieces, o cuantos corazones destroces o te destrocen: te das cuenta de que siempre, siempre, es amor verdadero. Tan es así, que desde los doce años hasta los diecisiete, ya te has enamorado de verdad unas ochocientas veces. Aprendes a lo largo de tus relaciones amorosas millones de reglas esenciales para la vida en pareja, pero la más importante de todas, y la última de las grandes reglas, es: “no puedes vivir sin las niñas”.

Esto es simultaneo, por supuesto. Las niñas también aprenden grandes reglas conviviendo con nosotros, e idéntico a nuestro caso, solo la experiencia les deja entrever las valiosas lecciones enmarcadas en sus vivencias. Mientras nosotros aprendemos “no le hagas daño a las niñas”, ellas aprenden “los niños pueden lastimarnos”, mientras nosotros aprendemos “no juegues con las niñas” ellas aprenden “los niños no tienen cuidado”, mientras nosotros aprendemos “no confíes en las niñas”, ellas aprenden “podemos vencer a los niños”, y mientras nosotros aprendemos “no puedes vivir sin las niñas”, ellas aprenden “no podemos vivir sin los niños”.


Y es entonces, cuando conoces y comprendes las reglas, que te enteras de que estás jugando un juego, y que siempre lo estuviste jugando. Es el juego más antiguo y bello del mundo, uno que nunca se detiene.

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