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15 nov. 2017

Zack y Joseph capítulo 2: Nada dura para siempre

(2006, Texas)

En el 2006 Zack y Ellie ya estaban juntos. Atrás habían quedado sus diferencias que casi acababan definitivamente con su amistad en el primer año y sus dificultades a la hora de entrar en sintonía romántica. Durante el viaje escolar de los graduados (al cual Elizabeth les invitó) confesaron mutuamente sus sentimientos con una hermosa y solitaria playa al atardecer como única testigo. 

Desde entonces, todo fluyó entre ellos como un arrollo calmo que desciende por la montaña. La naturalidad de su relación era tan correcta, tan innegable, que de inmediato los rivales amorosos y los detractores de su relación se disiparon en el viento. Ni Rocko, ni Ana, ni Elizabeth ni nadie se atrevió a ponerse frente a tan inmenso amor.

Siendo el final de sus problemas, bajaron los brazos y se dejaron relajar con el flujo del tiempo. Tras la graduación de Elizabeth, Ellie saltó de novata a capitana de las cheerleaders, y Zack, por su parte, dejó finalmente el equipo junto con sus ovejas asesinas tras ganar el campeonato local para concentrar sus energías en buscar la presidencia estudiantil de Mc Highley.

Eran estos momentos los que Zack más atesoraba: aquellos en que su vida parecía ser una simple y común comedia escolar romántica. Él y su novia compartían su tiempo y espacio en total harmonía, con sus amigos hacía tonterías épicas, divertidas e interesantes, se metían en problemas, Junior decía cosas locas, todos reían, se salían con la suya y al final del día todos se despedían con una sonrisa dibujada en los labios.

Más la vida realmente no es tan simple. No existe algo tan sencillo y banal como una felicidad total, mucho menos cuando hay tantas personas importantes para ti como lo era el caso de Zack.

Eventualmente, algo tenía que estallar; y la explosión ocurrió durante el segundo semestre del segundo año, lejos de casa.

El equipo de animadoras de Mc Highley había ganado el año pasado el campeonato local de cheerleading, con las ovejas asesinas en sus filas (por increíble que parezca) así que las integrantes del plantel estaban muy a gusto con Zack Mosh y sus soldados cerca. Eran considerados miembros honorarios.

Con esos buenos términos, para Ellie no fue difícil aceptar que Zack y su grupo viajaran con el equipo a El Paso, Texas, para apoyarles durante el campeonato estatal. La condición era no causar alboroto, no espiar en los dormitorios de las chicas, y que Ana se quedara con las mujeres en el hotel.

A regañadientes por tan estrictas reglas, las ovejas se montaron en el autobús. Tras la graduación de Mike y Nahomi el grupo de amigos de Zack se sentía un poco solitario: Ana, Junior, y su más reciente recluta: Rocko; pero lo que no tenían en números lo compensaban en actitud… o al menos eso le gustaba pensar a Zack.

― ¿Seguro que está bien que viajemos a otra ciudad en plenos tiempos de campaña? ― Preguntó Ana.

― No te preocupes por eso ― Le respondió él, relajado. ― No hay forma de que me ganen el ñoño de López y la estirada de Higings. Incluso si llegaran a adelantarse en popularidad, usaremos el presupuesto que nos dieron para la campaña en una fiesta y con eso volveremos a la cima.

― De hecho, Junior se gastó todo el presupuesto en queso en lata ― Intervino Rocko, que iba sentado con una animadora facilona. ― Lo sé porque me llamó ayer desde Sam´s Club y me dijo “Rocko, necesito que vengas a recogerme, el easy cheese estaba en oferta y compré 20 cajas con el presupuesto de la campaña, esto de ser el tesorero está de lujo papi”.

― Fui cegado por el poder y la corrupción, lo siento hermano. ― Se disculpó Junior desde su asiento, tenía los labios cubiertos de queso. ― P-pero prometo compartir las dos cajas restantes contigo.

Zack negó con la cabeza, soltando una risita leve.

― No te preocupes, incluso sin ese dinero ganaremos. Volviendo a casa, empezaremos una campaña ecológica, repartiremos algunos volantes hechos con papel reciclado o alguna basura cursi así y ganaremos el corazón de la gente.

Y así lo hicieron, pero eso es otra historia.

El viaje de Austin hasta El Paso por carretera era de 8 horas, pero con buena compañía y espíritus altos eso no fue nada. Uno pensaría que Ellie y Zack viajaron juntitos y acurrucados todo el viaje como buena nueva pareja enamorada, pero Ellie se tomaba muy en serio su rol de líder, y prohibió a Zack sentarse a su lado para mantener su imagen de capitana centrada.

Como salieron por la noche, cuando llegaron a la ciudad fronteriza la mañana ya se asomaba por las desérticas montañas a la distancia. El clima era seco, y el sol, a pesar de ser tan temprano quemaba ya en la piel. Mientras se estiraban, buscaron un lugar con sombra para esperar a que bajasen su equipaje los encargados del autobús.

― Hemos llegado a la tierra prometida, muchachos. ― Dijo Junior, con espíritus altos. ― Estamos más cerca que nunca de nuestra inevitable aventura en México. ¿No lo huelen? Drogas, cantinas, tacos, perros chihuahuas y mucho más nos espera en ciudad Juárez.

― Ya me he adelantado a ti, muchacho ― Dijo Ana, sonriente. ― Estuve investigando y apenas nos instalemos en el hotel pediremos un taxi al puente Santa Fe, donde podremos cruzar sin problemas a México.

― Ah, la alumna ha superado al maestro ― Repuso el rubio, cruzado de brazos con un gesto de extraño orgullo dibujado en el rostro. ― Veo que te he enseñado bien… creo que demasiado bien.

― Esperen, ¿en serio vamos a México? ― Preguntó Rocko, arqueando la ceja. ― ¿Por eso fue que hicimos el viaje?

― Obviamente. ― Respondieron todos al unísono.

― Bueno, yo si vine a hacer apoyo moral a mi novia, y Junior hace lo mismo por Karla. ― Agregó Zack.  Pero, vamos, las chicas están concentradas en lo suyo. No pueden estar cuidándonos todo el rato, deben ir a la escuela donde se llevará a cabo el torneo mañana y acostumbrarse al terreno, practicar un rato y demás. Mientras tanto, sabes tan bien como nosotros que está en nuestro destino ir a hacer algo loco al país vecino del sur.

Y no se dijo nada más. Zack y Junior compartieron una habitación, Ana quedó relegada al cuarto de Ellie y Karla, y Rocko acabó compartiendo cuarto con Lester Finnigan, quien portaba el honor de ser la mascota escolar.

Hasta el año anterior, el emblema de Mc Highley era el oso, pero gracias a Junior eso había cambiado y tras una recaudación de más de dos mil firmas entre el cuerpo estudiantil y docente, el animal oficial se convirtió en el pescado.

Así nació Fishy, como lo llamaban de cariño. La mascota oficial de la escuela era un pescado bastante feo de aspecto realista vistiendo un uniforme de baloncesto. Pese a su aspecto siniestro, el espíritu escolar estaba por los cielos desde su llegada, y es que todos disfrutaban de darle un buen zape debido al rumor de que golpearlo traía buena suerte en el amor y en la fortuna. Teniendo esto en cuenta, es entendible entonces que Lester Finnigan no estuviese muy feliz con el grupo de Zack, pero nunca se quejó.

Ya instalados y tras darse un buen baño, Zack y su grupo avisaron a Ellie que saldrían mientras ellas preparaban su participación.

― ¿Vas a portarte bien? ― Preguntó ella a su chico, alzando una ceja.

― Sabes que no. ― Repuso él, encantador.

― Me refiero a… ¿vas a engañarme con alguna mujer de cantina?

― Ni en un millón de años. En ti veo todo lo que necesito, en ti pienso solamente, mi vida.

Sonrojada, agachó la mirada y sonrió mientras acariciaba sus largos cabellos dorados, nerviosa y contenta en sobremanera por las palabras que acababa de escuchar.

― B-bueno…  e-entonces ve con cuidado.

― Te amo. ― Le dijo Zack.

― Y yo a t-ti.

― ¿Y tú a mí qué? Recuerda que debes decirlo.

Roja como tomate, tragó saliva y asintió.

― P-perdona, también te amo.

Esta linda escena lamentablemente era manchada por las ovejas detrás de ellos haciendo gestos de desagrado ante tanta cursilería, pero a Zack no le importaban las burlas. Por primera vez en su vida se sentía plenamente feliz; tenía excelentes amigos, una excelente novia y un excelente porvenir; no veía que pudiese llegar un final a esa felicidad tan plena y extensa.

No había forma de que supiera que al terminar ese viaje nada volvería a ser igual. Nunca volvería a sentirse tan pleno.

Tras despedirse, se montaron en un taxi y emprendieron rumbo a la nación del tequila y los burritos, pero su viaje tomó un decepcionante giro cuando al cruzar la frontera descubrieron que ciudad Juárez era una ciudad común y corriente (más corriente que común).

No se veían vaqueros, sombrerudos, serpientes, cantinas, mariachis, ni nada de esas cosas que hacen a México un llamativo turístico para los americanos. De hecho, era tan simplista que no pudieron evitar suspirar los 4 al mismo tiempo.

― Esto es horrendo. ― Dijo Zack, pateando al suelo. ― Regresemos. Para que me decepcionen mejor que me decepcionen en mi propia nación.

― ¡Aguántame las carnes, hermano! ― Dijo Junior, que se aferraba a su ilusión Azteca como un niño a su juguete favorito. ― Tal vez tengan a los burros y a las cantinas alejadas del puente fronterizo para que no los invadamos para robárselas. Busquemos a alguien que yuspikee el inglish y preguntemos por diversiones locales.

Tras vagar por las calles cercanas a la frontera haciendo preguntas de increíble mal gusto, finalmente se encontraron con un taxista que entendía un poco el inglés y que no se tomó a pecho la inocencia de los adolescentes. Era un hombre de mediana edad, totalmente calvo y con el rostro repleto de arrugas que se estiraban de forma muy divertida cuando se reía con las ocurrencias del grupo.

Yes, yes, i see, vatos, quieren pasarla Tijuana style ustedes. Ches gringos locos. Pues ahorita está la feria, la fair, la country fair como le dicen ustedes. ¿Los llevo? Ten dola.

― ¿Qué crees que dijo? ― Preguntó Rocko a Junior, susurrando.

― Ni idea, pero por 10 dólares debe ser un ofertón. Súbete al taxi.

El taxista acabó llevándolos a lo que parecía ser una especie de feria a 5 minutos del puente. Como aún no estaba abierta al ser de mañana, los chicos vagaron en los alrededores, compraron burritos de una amable viejita con una hielera y luego se fueron a ver a los mexicanos skaters de la zona hacer suertes en un parque extremo a medio construir.

― Esto no está tan mal. ― Admitió Zack, encogiéndose de hombros. ― No es lo que tenía en mente, pero no está tan mal…

― Bueno, no siempre vamos a tener aventuras épicas. ― Intervino Ana. ― A veces no está mal relajarse, sentarse en la sombra a comerse un burrito de dudosa procedencia con tus amigos y dejar el tiempo pasar.

― Puede que tengas razón ― Concedió el pelinegro, que veía como a la distancia Junior y Rocko se apoderaban de las patinetas de unos chicos y trataban de imitar sus movimientos. ― En un rato que abra la feria compraremos churros, nos subiremos a esas montañas rusas que se ven increíblemente peligrosas, jugaremos en esos puestos de puntería donde nunca ganas nada porque están arreglados, y sencillamente la pasaremos bien.

Junior y Rocko se acabaron haciendo amigos de algunos skaters. Una de ellas, una chica de 18 años con el cabello teñido de color azul cielo incluso se ofreció a comprarles unas cervezas a cambio de besarse con Rocko, y bueno, acabaron bebiendo como anhelaban hacerlo antes del mediodía.

― Dice ella que nos convidará de su marihuana si le das un poco de azúcar, Ana. ¿Te animas? ― Preguntó Rocko, juguetón.

― ¿Y si chingas a tu madre? ― Preguntó ella, para luego volverse a uno de los mexicanos. ― ¿Lo dije bien?

Bebieron y se divirtieron con los skaters hasta que llegó la tarde y el movimiento se hizo visible en la gran explanada donde la feria se llevaba a cabo; entonces, tras agradecer a sus nuevos amigos, regresaron para comprar sus entradas.

Una feria mexicana no era muy distinta a las ferias del condado que tenían en Texas: estaba bastante sucio, poblado, y se entregaba entretenimiento barato para todas las edades.

Tan temprano las atracciones más llamativas aún no abrían, así que se centraron en jugar al tiro al blanco, a lanzar la canica al orificio ganador, y lo mejor de todo: a comer. Comieron churros, algodón de azúcar, palomitas, y cuando se cansaron de chucherías y de jugar, fueron al restaurante y probaron una parrilla fantástica que te entregaban en tu mesa con todo y una pequeña estufa que mantenía todo al fuego vivo, esto mientras un grupo de mariachis les tocaba por un dólar la melodía.

― Nunca creí que escucharía una versión mariachi de sweet child of mine. ― Confesó Zack.

― También hubiera aceptado “en un rincón del alma”. ― Dijo Junior.

Después de comer, siguieron paseando por la feria. Se metieron en una vergonzosa casa de terror, casi se rompen la nariz en la casa de los espejos y al entrar al círco de fenómenos presenciaron a la más falsa mujer lagarto de la vida. Era tan lamentable y penoso de ver que exigieron un reembolso, a lo cual el taquillero de la atracción solo respondió con una risa malvada de 10 minutos, o tal vez más, se aburrieron y se fueron al ver que no paraba.
Se subieron sin parar a las distintas montañas rusas, bailaron con los locales al ritmo de la música en vivo que ofrecían gratuitamente, y cuando ya el sol comenzaba a esconderse y el cielo se vestía de un rojizo nostálgico fueron a cenarse unos buenos tacos al pastor con unas cervezas.

― No hemos parado de comer, vamos a engordar muchísimo. ― Decía Ana. ― Y no me arrepiento de nada, cabrones.

Pero Ana luego acabó arrepintiéndose. La comida mexicana puede llegar a ser mucho para un simple gringo; sin preparación alguna, bebiendo, y encima subiéndose a todas las atracciones, fue obvio que acabara totalmente mareada y al borde del vómito.

― La llevaré al baño. ― Dijo Rocko. ― Nos vemos en un rato en la entrada, va siendo hora de que regresemos de todas formas.

Zack y Junior accedieron en dejar a la pequeña boca sucia en manos de Rocko, y se dedicaron a dar una última vuelta por los alrededores antes de regresar al hotel en El Paso.
Viendo juguetes y artesanías tradicionales de México en los diversos puestitos de regalos y recuerdos, Zack compró un par de collares y pulseras para Ellie, y Junior compró un par de libros y un bolso para Karla. Ambos acordaron en llevarle un negrito que hacía popó a Mike, y un colorido chal a Naomi.

Para finalizar, Zack dijo que compraría algunos inciensos para Chelsea y para la novia de su hermano: Perfume de lago de cristal, y Junior accedió a esperarlo mientras veía figuritas de alebrijes a un par de puestos de distancia. Jugueteaba con uno de ellos y con el juguete que compraron para Mike.

― Pero Ramiro, lo nuestro no puede ser. ― Decía, haciendo una voz chillona. ― Tú eres un lagarto extraño y yo soy, bueno, un negrito haciendo popó.

―… ¿Joseph?

No es posible imaginar lo que pudo sentir Junior en ese momento, al volverse por acto reflejo y encontrarse con un rostro que nunca pensó volver a ver.

Una niña preciosa de unos 14 años, con el rostro cubierto de pecas, con un par de gigantescos ojos verdes adormilados y unos labios gruesos le observaba con quietud, incrédula.

Era, como él, rubia natural, y como él, sus cabellos aparentaban ser más opacos de lo que eran en realidad ante la poca luz. Viéndola bien a detalle, tenía también la misma nariz que Junior y la expresividad en su rostro parecía salida del mismo molde.

Junior entrecerró los ojos mientras la observaba con detenimiento, como no creyendo que pudiese ser real. La realidad es que Junior nunca había dejado de verla, la veía todo el tiempo en sus sueños y recuerdos, pero verla realmente era algo muy distinto.

― Eres… Joseph, ¿verdad? ― Preguntó ella nuevamente. Dio un paso al frente.

Y entonces, todo regresó a él.

Sus ojos tildaron, su garganta se cerró, sus rodillas flaquearon.

― Jo…Joseph… ― Repitió como pudo, con una sequedad en la voz digna de quien no ha bebido agua en semanas. ― L-Leslie… J-Junior…

Cayó al suelo, con sus incrédulos ojos temblando en pánico, fijos en aquella chica.
Inevitablemente, todo estalló.

Se llevó las manos al rostro, para cubrir sus ojos que se negaban a cerrarse por más que se lo ordenara. Se encorvó contra el terroso suelo y gritó, gritó con todas sus fuerzas, desgarrando sus cuerdas vocales, agotando su aliento. Tomó aire como pudo, por la boca al no responder su nariz, y volvió a gritar.

Sus gritos llenaron los alrededores de la feria, causando el pánico de todos los transeúntes, que confusos observaban la escena a una distancia prudente. El dolor en su colapso era evidente para todos, pero nadie se atrevía a acercarse, como si fuese peligroso.

Zack tiró al suelo todo lo que cargaba y corrió hasta su mejor amigo apenas se dio cuenta de que era él quien gritaba en el suelo con irreparable desconsuelo.

― ¡Junior! ¿Qué pasa, Junior? ― Preguntó, tomándolo por los hombros, preocupado, asustado. ― Hermano, aquí estoy, ¿estás herido?


Pero él no respondió, solamente siguió gritando, ante la preocupada y aterrada presencia de aquella chica, y de Zack.

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